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| Andanzas eusebianas |
| Columna semanal |
| Eusebio Ruvalcaba |
Las paredes de la recámara de mi hija Érika Coral están colmadas de posters de Kurt Kobain, y de un retrato de Johann Sebastian Bach. Desde niña le encantaba. Le gusta que yo le cuente la vida desastrosa de los músicos (sobre todo de Beethoven). Lo hago y aprovecho el viaje para leerle poesía. Especialmente le atrae Wistawa Szymborska, la poeta polaca; de hecho, se sabe de memoria un poema de ella intitulado “Cebolla”, cuya primera estrofa dice: “La cebolla es otra historia./ No tiene entrañas la cebolla./ Es cebolla cebolla de verdad,/ hasta el colmo de la cebollosidad./ Por fuera cebolluda,/ cebollina hasta la médula,/ podría escrutar su interior/ la cebolla sin temor”. Pero no quiero hablar en estas líneas de la chica que ama la música y la poesía, sino del ser humano tierno y dulce que me seca el sudor de la frente, toma la temperatura de mi cuerpo cuando me enfermo y, a su modo, procura darme ánimos cuando avisto un agujero negro al fondo del camino.
Termino de leer Tierra trágica, novela de Erskine Preston Caldwell. Me atrevería a decir que sin este monstruo de la literatura estadounidense y universal, no habría Juan Rulfo. Seguramente Rulfo lo leyó e hizo suyo el profundo drama del campo. Porque qué modo tan desgarrador de narrar y de poner en la mesa los conflictos que sacuden a los hombres nacidos y educados en el fragor y la aridez del campo. Hombres sin pasado ni futuro a quienes la vida les niega el menor resquicio de esperanza. Sin tocar ni de soslayo nada que tenga que ver con realidades mágicas (aquí no tendría que ver con Rulfo en lo absoluto), Caldwell es cirujano certero y despiadado de la pasta humana. Sin apoyarse en experimentación ni recurso alguno que no sea la intensidad literaria, verdaderamente su obra hace trizas aun al lector más escéptico. Caldwell, maestro absoluto de la condición humana. (Por favor, no confundir con Taylor Caldwell.)
Leo el cuento “El cónsul” de Víctor Armando Cruz Chávez que aparece en Letranautas. Escenarios de la literatura en Oaxaca, antología de poesía y narrativa de Oaxaca. Me llama poderosamente la atención este texto. No voy a hablar aquí de que se trata de un cuento prodigiosamente bien escrito, que nos hace pensar en un escritor viejo, mesurado, que no tiene ninguna prisa; tampoco voy a insistir en que hay un balance en los acontecimientos que se narran, al modo de los cuentistas de prosapia, menos todavía en que el cuento —así se entiende y así lo dicta su epígrafe— evoca la admiración del maestro por el alumno (viejo asunto llevado felizmente a la literatura), no, aquí quiero destacar la devoción de un hombre por la palabra escrita, que hace suya por esa rara virtud de quienes se atreven a rascar la corteza de lo inexplicable. Sutil, prudente en el arte de narrar, Cruz Chávez sabe aplicar la palabra justa, que tal vez a eso se reduzca el oficio de escribir. Transcribo el pie de página que aparece al calce del cuento: “Víctor Armando Cruz Chávez (Oaxaca, 1969). Es autor del poemario Estaciones sobre la piedra dormida (UABJO, 1998) y del libro de cuentos La tinta y el dédalo (Conaculta, 2000). Su trabajo fue incluido en Dispersión multitudinaria (Joaquín Mortiz, 1997). Ha obtenido en dos ocasiones el Premio Nacional de Cuento Benito Juárez que convoca la UABJO. Ha sido becario del Foesca y del Fonca”.
Voy con mi mujer a La Providencia. Le leo una estrofa de un poema de Silvia Maya Nieto: “Sólo tu mano me conforta/ sólo tu cuerpo me completa/ y llena mis espacios de vida buena”. Con su gentileza proverbial, don Javier Toscano, el gerente, se desvive por atendernos. Este hombre, de suyo buen y generoso anfitrión, siempre tiene la palabra exacta para hacerlo sentir a uno como en casa. Mi mujer se toma un Coctel Especial Toscano, que la pone al tiro. Yo, mi vino tinto; y, ambos, la magistral sopa de pollo. Ni hablar, le debo una a La Providencia.
Me despierto a las dos de la mañana y destruyo el último tercio de la novela que acabo de concluir. Según yo, había dado por terminada esta novela que me había sacado canas verdes. La soñé, la viví, la vi reproducirse en los actos, los seres y las cosas que rodean mi vida. Pero algo pasó que un gusano se incrustó en mis circunvoluciones cerebrales, se apropió de mi voluntad y me obligó a tirar a la basura alrededor de cincuenta cuartillas. Mejor. Ahora me siento libre. Reemprendo la escritura ferozmente. Siempre hay que hacer caso de las corazonadas.
Termino la lectura de una novela notablemente gris: El pianista del gheto de Varsovia (edit. Turpial Amaranto) de Wladyslaw Szpilman. Desde luego el tema es punzante —la sobrevivencia heroica de un hombre ante el asedio nazi—, pero la narración, mal hilvanada, plana, sin matices, sumamente previsible y carente de altibajos en lo que se refiere al estado emocional del protagonista, avanza con pasos de tortuga. Si un elemento tiene este libro que lo salve es la honestidad; pero esto no es suficiente. Honestos hay muchos libros. Un lector profano como lo soy yo pensaría que la música, y no nada más la descripción de un sin fin de atrocidades, que compiten entre sí por lo sórdidas y terribles, habría de tener mucha mayor relevancia; pero ni eso. Si el narrador hubiese sido bibliotecario en vez de pianista no habría habido gran diferencia. O es que la reciente lectura de La decisión de Sophie de William Styron provocó en quien esto escribe una conmoción devastadora a propósito del horror nazi, e hizo que cayera en profundas cavilaciones acerca de la música en situaciones límite.
eusebius1951@cablevision.net.mx
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