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Andanzas eusebianas
Columna semanal
Eusebio Ruvalcaba

Recibir un correo electrónico es cosa del diario. Todo mundo tiene su emilio. Todo mundo quiere comunicarse por este medio. No importa si no se tiene nada que decir. O si se lleva a cuestas toda una novela. Más que una herramienta de trabajo, el e-mail va fincando sus raíces como vehículo de comunicación. Así, los chavos que se ven por la mañana en la escuela, en la noche se mandan sus correos felices de la vida; es impresionante verlos, aun con su uniforme de la secundaria, bien plantados delante del monitor en un café de internet. Lo que a mí me importa destacar es la importancia de la palabra escrita. Mientras que el correo convencional (postal) ha entrado en un franco desuso —¿habrá quien reciba cartas y no meras facturas?, ¿habrá por ahí un cartero que aún sea testigo del rostro feliz de un hombre que recibe por fin la ansiada misiva?—, mientras  que lo último que hoy por hoy se le ocurriría a un joven es sentarse y escribir una carta, sin contar la pereza de comprar el sobre e ir al correo más próximo, que quién sabe dónde diablos esté; mientras que esto sucede, el internet, correo electrónico, o como se le quiera llamar, ha venido a trastocar por completo el viejo concepto del género epistolar. Incluso me atrevería a decir que pocas veces los jóvenes habían escrito tanto (y menciono en especial a los jóvenes porque de alguna manera marcan el rumbo, son como los termómetros que dan cuenta fiel del estado de las cosas; y porque son quienes más tiempo tienen para perderlo de esa manera, y los más osados, por si fuera poco). ¿Que alguien le da especial relevancia al formato de la carta?, ¿que le gusta apreciar el papel, el sobre, la disposición de los párrafos?, o, mejor aún, ¿que es entusiasta de la palabra manuscrita, que sabe inferir estados de ánimo, pasiones, miedos o angustias por el tipo de letra, y que, para él, para  esa persona, resulta(ba) un verdadero deleite recibir una carta, sólo por el placer de detenerse en aquellos rasgos? Pues todo eso se ha ido al caño. No sé si estos jóvenes usuarios de internet devengan en lectores (iba a escribir “escritores” pero me arrepentí), pero lo que sí es indudable es que están haciendo de la palabra escrita, de su palabra escrita, una entidad viva y palpitante, que cambia todos los días, que se enriquece todos los días. En este momento están pasando por esa etapa de arrobamiento y asombro —ante la palabra— por la que todo escritor pasa, y que nunca debería perder. Pero hay más. De verdad que todos estos usuarios se sientan a escribir párrafos y párrafos que envían a la primera oportunidad, y en la misma medida quisieran obtener la misma respuesta. A mí en lo personal me cuesta mucho trabajo hacerlo. Sostengo este tipo de correspondencia con una o dos personas (mujeres ambas) y no más. Tal vez porque cada palabra que escribo me pone de malas y prefiero estar de buen humor.

Creo que la mitad del éxito en la vida de un escritor —más de un escritor que de otro artista; pero ése es tema para otras líneas— es adjudicable al ejercicio de la vanidad. Si uno hojea las páginas culturales, se encuentra de inmediato con el tristemente célebre género literario llamado panegírico —del elogio desmedido—, desplegado en todas las vertientes posibles. O si se pone un pie en las presentaciones de libros o las conferencias de escritores, si alguien tiene el mal gusto de pararse por ahí, la genialidad literaria se manifiesta en esos salones con la misma contundencia de una inundación en la Condesa. Por supuesto que es una gran ventaja estar rodeado de tantos genios de la escritura. Ni hablar que se siente uno seguro, orgulloso de este país, ufano del impulso que se le ha dado a las letras mexicanas. Pero dije que la vanidad es fundamental para la proyección de un hombre de letras. En efecto, los escritores que desconfían de su literatura —como hiciera Fernando Pessoa, como insistiera Kafka, o como ironizara Cioran— no tienen cabida en esta magna cena de talentos. La vanidad, en cambio, se abre paso a grandes zancadas. El primero en creer en sí mismo es el escritor. Y así se encarga de hacérselo saber a todo el que tiene paciencia de escucharlo. No hay más que rascarle tantito para que hable de lo que está escribiendo, del premio que está fraguando ganar, de la importancia de la editorial que habrá de dar a luz sus libros. De lo que su voz literaria significa en el hábitat de la literatura nacional. La boca se le llena cuando habla de sí mismo. Pero lo sorprendente —y que mueve a envidia— es cómo logra este talismán literario convencer a la gente que lo rodea de su talento innegable; máxime si hay en torno un editor. Exactamente con esa disposición y  sospechoso entusiasmo con que un futbolista enumera sus cualidades, el escritor hace un recuento de su paso por talleres, de los premios que ha merecido, de su temática, de las propuestas que tiene de agentes literarios. Y entonces todo se vuelve de oro macizo. Porque aquellas palabras van a dar al lugar exacto. Este hombre, esta mujer —me refiero a los editores—, aun sin haberlo leído jamás, serán los principales defensores de ese talentoso polígrafo, más aún si atrás de él hay un padrino solapador. Y se preguntarán, camino a casa, cómo no lo habían descubierto antes. Una leyenda comienza a partir de ahí.

eusebius1951@cablevision.net.mx