Todo se lo lleva el diablo. Sueños, proyectos, ilusiones. Todo lo que alguna vez incendió la mente —más aún: el corazón— de un hombre, se termina yendo por el caño. Exactamente como cuando jalamos la cadena y desaparece aquella porquería. Nada tienen que ver en esto los escollos sociales, históricamente reconocidos, a los que se enfrenta un hombre todos los días, desde que abre los ojos —“Dios mío, ¿cómo me ganaré el pan este día”?— hasta que finalmente concilia el sueño. El problema es mucho más profundo —roza los ductos por donde viajan los desperdicios cerebrales, y que constituyen la urdimbre subterránea de los hoteles de paso de los cinturones de miseria—, el problema es mucho más hondo, tan viejo como siglos tiene de pasearse ese hombre por la superficie terrestre con todo el bípedo garbo de su cantada superioridad. El hombre es el ser derrotado por antonomasia. Él se imagina —en su furor uterino de asumirse con grado superior a las demás especies— que tiene el mundo en la mano, que es capaz de vencer cualquier intimidación, llámese enfermedad esquina con desesperación, o frustración vía corta a inseguridad. Para no hablar de los kilos de odio que viene cargando en su costal genético, y del cual no podrá deshacerse así sea que él mismo termine arrojándose al fuego. El hombre moderno, aquel que convive con nosotros todos los días, ese hombre que soy yo, que eres tú, que somos todos nosotros, ese hombre hecho en la más compleja urdimbre de información jamás concebida, ese hombre que él solo sabe más que todos los científicos de la antigüedad juntos, que tiene a su disposición el tramado cibernético nunca soñado por la ciencia ficción, ese hombre, pues, sueña, y sus ojos se colman de lágrimas porque no sabe por qué sueña, ¿y saben en qué consisten sus sueños? Se asombrarían: sueña con interpretar las estrellas, con pronosticar el tiempo por sólo adivinar la dirección y el color de las nubes, con ordeñar una vaca, sembrar una parcela, fabricar una flauta para darle cauce a su tristeza. Ese hombre que no toleramos, que si lo vemos venir por la misma acera nos cruzamos, que denostamos de él; ese hombre que nos recuerda que él es nosotros, ese hombre que nos embarra en la cara la estúpida y simple verdad de que las cosas no están bien, de que algo anda mal. Ese hombre es nosotros. Un hombre que comete un crimen nunca es el único culpable. Yo le puse la pistola en la mano, tú le dijiste a quién matar, él le dio las instrucciones precisas. Todos somos culpables de la injusticia.
Entro a una pulquería y cervecería apestosa y clandestina de Carrasco. Pido una “Derrota”. ¿Qué es eso?, me pregunta la señora que atiende. ¿No conoce esa marca? No, responde. Es una cerveza que se consume desde hace cientos de años, pero hasta ahora se está vendiendo regularmente y por primera vez en México. Pregúntele al del camión. Apenas la están anunciando. Ya oirá hablar de ella. El anuncio dice: “Todo mexicano quiere su Derrota”. Con decirle que José Alfredo la mandaba exportar de La Habana, y al final de sus briagas exigía su “Derrota”. Pues no tengo y ya. Aquí nunca voy a vender esa cerveza porque no me gusta su nombre. ¿Y cuando la gente se la pida?, le pregunto. Pues que se vayan al cuerno. ¿Y qué va a querer usted?, me pregunta, ya impaciente. Pues ya sabe, un curado de apio. Y ni tarda ni perezosa me lo sirve en una cubetita de plástico verde. Como mi semblante.
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