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| Andanzas eusebianas |
| Columna semanal |
| Eusebio Ruvalcaba |
 Las palabras son entidades como los seres vivos, y cumplen aquellas funciones primigenias que van del nacimiento al desarrollo, y de la reproducción a la muerte. Mediante el brío de la sociedad en su conjunto, las palabras sufren metamorfosis continuas: de pronto son un vehículo perfecto de comunicación, de pronto apenas sirven para que hombres de la misma estirpe, profesión o calaña se entiendan entre sí; de pronto, a la vuelta de la esquina se advierte una palabra nueva, recién parida y que ya está en la boca de todos; o aquella que se ha reproducido a la vista de propios y extraños y que ha engendrado una saga contra viento y marea, por encima de cualquier predicción —¿o alguien podría decir que la palabra “chinga” no constituye un árbol genealógico que ya lo quisieran ciertos apellidos otoñales? Las palabras son ascuas capaces de prender bosques. Son palabras cuyo fuego es extendido por el viento de algún sentimiento tan fuerte como la pasión, la libertad, la sed de justicia. Con almas como hojas, aquel incendio se torna inextinguible. Pero tal vez sean estas las palabras que más se desgastan. Como las brasas cuando algún insensato trata de hacer fuego con ellas. Estas palabras entran en agonía cuando las pronuncia un político. Sin saber lo que tiene en las manos, insensible e ignorante de lo que históricamente ha significado la confección de cada una de ellas —¿la boca de alguien podrá hincharse de cinismo cuando menciona la palabra justicia?—, el político las dice sin ton ni son, hasta que se reblandecen como aquellas varas verdes que para todo sirven menos para hacer una fogata. Los creadores incontenibles de palabras son los jóvenes. Más que los poetas. Las palabras nacen del ardor de vivir. Y no hay joven que no bregue en la vida como una embarcación con el horizonte por delante. Los jóvenes tienen todo en contra, como una cucaracha al alcance del zapato. Los jóvenes necesitan palabras nuevas porque las de factura reciente ya no les sirven. Un joven de trece años considera a uno de 20 un perfecto anciano, y en consecuencia requiere de un nuevo código que le permita aislarse en su soledad y entre los suyos —entre la soledad que respiran los suyos. Pero las más hermosas palabras son las que no se dicen. Son las palabras del amor, de la esperanza, de la conmiseración. Cuando se comparte un vaso de agua, cuando se está al lado de un viejo sabio, cuando se toma la mano de un hijo, lo que se está haciendo es pronunciar estas palabras. Sin decirlas.
Es increíble, pero cada vez son más inútiles las librerías. Nunca, pero nunca de los nuncas, hay el libro que uno está buscando como desesperado (se entra a las librerías con cara de optimismo y se sale con el gesto amargo de la decepción); y eso que no estamos hablando de un incunable sino de cualquier volumen, tan común y corriente como un charco cuajado de microbios; pero que de pronto, vía recomendación verbal, vía recomendación columna de libros —que aquí entre nos es la peor vía—, se ha deseado leer. Las librerías están atiborradas de libros, por dentro y por fuera, en la trastienda y en la fachada, pero basta con preguntar por el título en cuestión para que el rostro del vendedor se contraiga, arquee las cejas y por sus recovecos cerebrales aquel nombre pugne por salir e intente localizar su lugar en los anaqueles. Porque, la verdad, ese joven no tiene ni la menor idea de lo que se le está preguntando. Y cómo iba a ser de otro modo, si está ahí no porque conozca de libros ni mucho menos le importen, sino porque tiene que ganarse la vida de alguna manera y la librería lo contrata porque exige poco a cambio; y menos interés pone cuando sabe que cuenta con la ayuda siniestra de la computadora, a la que finalmente le puede echar la culpa de todo. Porque hay que ver con qué parsimonia escribe en el teclado el nombre del autor —“¿Cernuda con s o con z?”—, con el riesgo de que si la computadora no está actualizada ya todo se fue al caño. Y uno se pregunta en dónde quedaron aquellos señores que atendían las librerías y que se sabían la vida de un libro mejor que la suya propia; aquellos vendedores de libros con los cuales, además, se aprendía. Ahora, ¿que cuáles son los libros que “solventan” el título de librería que ostenta ese negocio, y que exhibe con garbo en el letrero que da a la calle? Pues cuáles han de ser. Ni siquiera títulos de los consabidos bestsellerianos mexicanos, sino de autores que en su vida uno ha oído hablar de ellos. Libros chatarra, provenientes del otro lado del continente —¿alguien les hará caso en su país?—, que nadie lee y que pasan de moda más fugazmente que el tren bólido japonés. Desde luego que una librería está en su derecho de vender lo que le dé su regalada gana —¿será?—, pero en la misma medida habría de darle espacio no a los autores nacionales, que eso sería mucho pedir, sino a los clásicos contemporáneos (por ejemplo James Baldwin, por ejemplo Erskine Caldwell). Sé que para que un libro gane su derecho de ser vendido tiene que pasar más pruebas que un ron chafa, pero a ese paso el día de mañana las librerías serán meras sucursales de las españolas.
eusebius1951@cablevision.net.mx
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