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| Andanzas eusebianas |
| Columna semanal |
| Eusebio Ruvalcaba |
Voy con una mujer a un bar. Se acerca el mesero y pido mi cerveza “Derrota”. Dice no conocerla; entonces me conformo con un tequila. ¿Qué cerveza es ésa?, me pregunta la dama. Se la describo. Le hablo de sus eslogans: “Todo mexicano quiere su Derrota”, “Una Derrota para cada ocasión”, y quiere probarla a la de ya. Dice que se va a emborrachar con sus amigas y se van a reír de todo, que con esa cerveza cómo podrían tomárselo en serio. ¿Qué me das si te consigo un traguito?, le pregunto con mi mano en su muslo (lo he hecho un millón de veces, poner la mano en el muslo de una mujer, y aún me sigue inquietando). Y me responde: “Un beso que sepa a Derrota”. Acepto la oferta. Dicen que en Holanda las familias producen su propia cerveza en forma doméstica. A ver.
Hace algún tiempo vi en la portada de una revista a cuatro muchachitos colgados de un paracaídas. Se trataba de Emilio Azcárraga Jean, presidente de Televisa, y sus tres “principales colaboradores”. Según rezaba la publicación, son ellos “los jóvenes que hacen realidad sus sueños”.Y por eso estoy escribiendo estas líneas. Siempre he sido desconfiado de esta expresión, nacida seguramente de los escasos ostiones mentales de una vieja decimonónica. “Hacer realidad los sueños”, “Un sueño hecho realidad” es, me parece, además de una vulgaridad que raya en la repulsión, la tumba de un hombre. En primer término, porque los sueños (esos sueños, no los oníricos) crean expectativas que la mayoría de las veces terminan por devenir en amargura, frustración y un sentimiento de tufo agreste; y en segundo, porque hacer realidad un sueño significa haber llegado a una meta y, en consecuencia, dar por concluida una lucha. Concretar un sueño me suena más a inicio de aburrimiento y conformismo que a sostenerse en pie de lucha. Aunque, pensándolo bien, creo que lo que más me inquietó de la expresión citada es la palabra “jóvenes”. Si el término hubiese sido “yupis” o “ejecutivos”, no habría tema de discusión. Nadie podría poner en tela de juicio la legitimidad de que un yupi o un ejecutivo se propusiera como meta de su vida estar entre los altos directivos de una empresa como Televisa; de hecho, no puede aspirar a más. Pero los propósitos de los jóvenes en general, no llamémosles sus sueños, llamémosles sus determinaciones, estos cometidos van mucho más allá; de hecho, no conocen límites. Los jóvenes de hoy, como los de hace cincuenta años, como los de hace cien; los jóvenes de México, como los de China o de Noruega, quieren libertad, desafanarse de ataduras, moldes, modos de pensar estereotipados; quieren descubrir el mundo y moldearlo a su manera. Romper con sus ancestros. Levantar montañas. Quieren conquistar mujeres, hacerlas suyas a como dé lugar, subir la cuesta por y para ellas, con su propia gracia, su físico, su carisma, su conocimiento o sus trampas. Con las dotes que la naturaleza les proporcionó y las que se han ido ganando en la brega. Y asimismo quieren hacer carrera, ganarse la vida. Enfrentarse. Pero, por favor, no con los medios que los rancios adultos acostumbran, sino con los suyos propios; esos que ansían poner en la arena de la competencia. En efecto, estos jóvenes se la juegan, y huyen de aquello que apesta a complacencia y servilismo. Lo último que quisiera un joven de hoy, sería pertenecer a las cúpulas de Televisa. O cuando menos los jóvenes con los que trato, que están vivos, son unos crápulas y de los cuales hay mucho que aprender.
Qué duda cabe. Cuando se haga la historia de la promoción cultural en México, uno de los primeros lugares lo tiene bien ganado la agrupación llamada Pro Vida. Bajo la égida del señor que la dirige —y cuyo nombre no me viene a la cabeza— ha echado a volar proyectos que, sin su ayuda, cuando menos algunos de ellos no habrían conseguido si no la inmortalidad cuando menos la fama. Su influencia es increíble. Basta con que anatemice una película, un libro, para que todo mundo quiera verla, para que todo mundo quiera leerlo. ¿O no?
eusebius1951@cablevision.net.mx
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