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Andanzas eusebianas
Columna semanal
Eusebio Ruvalcaba

Defiendo mi derecho a caminar por esta ciudad. Siempre he sido caminante incansable. La violencia que se vive en la capital está en boca de todos —¿quién no ha sido asaltado?; antes era un hecho notable, la víctima se volvía famosa; ahora nadie le hace caso—, pero no por eso voy a dejar de practicar una de las actividades para mí más placenteras. Porque el acontecimiento de caminar va de la mano con la introspección más profunda. Se da el primer paso, se da el segundo, y aquella calle va revelando sus secretos. Ese primer paso bien equivaldría a la primera línea que se lee de un libro: que de pronto el viaje se torna experiencia hacia el centro de uno mismo. Eso es lo que me maravilla de caminar, que conforme avanzo en el devenir de la calle —aun en el caso de que se trate de una calle conocida—, avanzo en el conocimiento de mí mismo. Caminar me descubre eso. Me revela matices, facetas, aspectos de mi persona que por obvios había pasado por alto. Pero no sólo eso: cada fachada, cada esquina, cada comercio —y, más que nada, cada vecino— que se atraviesa en la caminata encierra su buena dosis de hermetismo y misterio; que uno lo descubra depende del ejercicio de la observación. Y de la humildad. Por supuesto que para caminar —digamos de las 12 de la noche en adelante— habrán de tomarse determinadas precauciones. Por ejemplo, no llevar más dinero del necesario, o evitar pasearse por calles solitarias o que arrastren fama de peligrosas. Sobra decir que hacerlo sería necio. Caminar forma parte de la imaginación narrativa. Sobran las novelas de caminantes inveterados. Tal vez porque el escritor quiere salir de su entorno, aventurarse por otros linderos, tocar el sedimento de determinados abismos, asomarse tras ventanas que se encuentre en el camino. Tal vez porque en el fondo de todo escritor hay un trashumante, un hombre que no se puede estar en paz. Salga o no de su casa, eso es lo de menos a la hora de narrar, ese novelista se imagina recorrer las calles de ciudades allende el mar. Calles en las que nunca ha estado, que sus pies jamás han pisado. Y he aquí otra de las atracciones de caminar por las vías que pueblan, por ejemplo, el corazón del Distrito Federal. ¿Cómo no emocionarse cuando se camina en calles por las que han deambulado hombres como Vasconcelos, José Gorostiza, Carlos Pellicer, Francisco Villa, Amado Nervo, Emilio “Indio” Fernández, Pedro Infante? Pero no hay que ir tan lejos. Se viva donde se viva, solo o acompañado, que cada cosa tiene lo suyo, cada ciudad representa un desafío para el caminante. Que nuestros pies tomen su ciudad es el siguiente paso.

Lo digo por mí: me encanta desperdiciar. No tengo la menor conciencia de lo que significa el ahorro. Como aún escribo a la antigua (cuando menos novela, cuento, ensayo y poesía), no dudo ni tantito en extraer la hoja —impecablemente blanca— de la máquina, comprimirla hasta el tamaño de un puño enfurecido, y arrojarla al cesto de la basura. En hacerlo, cuando el menor error se filtra; así sea que vaya en el último renglón. Qué rico se siente hacer eso.¿Y qué pasa con el agua? No puedo evitar bañarme en mucho más tiempo de lo que sería prudente hacerlo. De verdad me complace sentir el agua escurrir por mi cuerpo; veo la publicidad encaminada a despertar la conciencia de lo que entraña el desperdicio letal del agua, y acaso vuelvo la mirada hacia el lado opuesto. (No sé cómo yo mismo diseñé una campaña para ahorrar el agua cuando trabajaba en el canal Once.) Mis hijos tratan de convencerme de que no malgaste así el H2O y parece que le hablaran a una pared. De este lado no se oye. La gran ventaja de esto es que vivo en una sociedad que no desperdicia, que si yo desperdicio nadie más lo hace y en consecuencia el daño no trasciende; que, por ejemplo, entre los muchos hábitos que se han ideado para procurar el ahorro, está el de dividir la basura cuando menos en orgánica e inorgánica y así entregarla al camión para que, a su vez, los encargados la coloquen donde corresponde. Bueno, y ya que dije ahorro, ya que pronuncié esa palabra que a modo de título de episodio bíblico parece dirigir la mentalidad de los capitalinos, ¿no es, pues, el ahorro lo primero que uno identifica en las personas que compran con tanto tino, lo mismo en los mercados ambulantes que en los malls? Ciertamente es increíble que el hombre de la calle no se detenga delante de los puestos de discos piratas, o de relojes clonados, y que el comprador cinco estrellas sea tan cauto para comprar en los grandes almacenes. La suya es una conducta ejemplar. Pero a todo esto lo que más llama la atención, lo que se lleva el número uno —luego de los que ahorramos en licor, por supuesto—, es el ahorro de energéticos. Y aquí sí los conductores de las micros se llevan las palmas. ¿No es admirable cómo ahorran gasolina, cómo aceleran con tanta discreción, cómo evitan rebasar a otros vehículos de pasajeros, cómo esperan que la gente esté bien afianzada para acelerar, detenerse, acelerar, detenerse, y todo para no consumir gas con exceso? Así las cosas, mi desperdicio es cosa de dar risa. ¿Alguien se puede sumar a mi campaña prodespilfarro? Gracias.