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Andanzas eusebianas
Columna semanal
Eusebio Ruvalcaba

Si lees historias de miedo vas a tener pesadillas, les dicen los papás a los niños cuando emprenden la lectura de libros de terror. Pero no es tanto que les importe a los padres que sus hijos sueñen con monstruos que salen del clóset, niñas de rostro demudado que caminan con un gato ensangrentado en las manos, o un zombi que yace debajo de la cama, más bien lo que les preocupa es que ellos, los padres, no puedan dormir, que los hijos les quiten el sueño. Si ese niño no hubiera leído, no daría guerra y todo marcharía sobre ruedas. El siguiente paso es evitar que el niño lea lo que sea, no sólo historias de terror. Cualquier libro que caiga en sus manos es nocivo, porque cualquier libro exacerbará su imaginación y provocará que se despierte en la noche y le espante el sueño a su padre. Si ese niño sueña que naufraga y que va a dar a una isla desierta, inmediatamente despertará presa de la excitación y correrá a la recámara de sus padres a contarles su sueño prodigioso. Aquel papá se sacará de sus casillas y se arrepentirá de haberle regalado a su hijo Robinson Crusoe. Así que lo mejor es mantener a ese niño alejado de los libros. Porque entre menos lea, mejor. Menos problemático será para los gobernantes y todos saldremos beneficiados. O, en todo caso, que lea basura. Nada que le provoque entretenimiento o emoción. Que vea los libros como entidades extrañas, que nada más provocan depresiones o de plano estados de melancolía nada aconsejables. ¿O no?


Tengo en mis manos el diario de Fernando Medrano, joven poeta de Guadalajara que recientemente se suicidó. Aún inédito, este hombre tuvo una lucha a muerte con las drogas. Se leen sus líneas, y cada vez más se pregunta uno cuándo habrá de legitimarse el consumo de la marihuana y de algunos otros estupefacientes que no hacen mayor daño que el alcohol. A continuación, transcribo algunas palabras de este diario: “Si hubiera sabido que la tira me estaba esperando, de güey llego a mi casa. Apenas había metido la llave para abrir, cuando un judicial me puso una mano en el hombro. Me jaló del cuello, me levantó la patilla como si fuera un niño, me puso contra la pared y me dijo que ya sabía que andaba yo traficando, que no me bastaba con drogarme sino que encima la andaba haciendo yo de dríler. Le dije que no. Entonces metió su mano a mi bolsillo trasero y extrajo una bolsita de yerba. Le dije que no era mía, y me soltó un golpe en la boca tan fuerte que inmediatamente sentí cómo la sangre corría. Entonces me amenazó con llevarme a los separos. Ahora sí te vamos a fichar, cabrón. Dijo. De aquí en adelante te despides de llevar una vida decente. Porque vas a pasarnos una corta hasta el día de tu muerte. Estés donde estés, hasta allá vamos ir a dar. No hay escapatoria para los malvivientes como tú. Me dieron ganas de llorar y lloré. Maricón, me dijo. Se me hace que eres maricón. ¿Sabes qué?, se me quedó viendo con esos ojos suyos llenos de odio, ¿sabes qué?: me vas a hacer un favor si no quieres que te lleve a los separos. Y me arrodilló delante de él. Por fortuna para mí, nunca más lo volví a ver. Ni siquiera supe su nombre”. Si finalmente los chavos consumen drogas, cada vez que salen a buscar su provisión se juegan la vida. Todo mundo dice que conseguir mota es cada vez más fácil; seguramente, pero aun así pobre de aquél que cae en manos de la tirana. A partir de ahí le puede decir adiós a su tranquilidad. El caso de Fernando Medrano es uno de tantos. Que no fue precisamente la persecución el principal problema que tuvo que enfrentar, es cierto. Proveniente de un hogar en el que campeaba la violencia, sin embargo tuvo los arrestos para exprimirle jugos a la poesía.

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