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Andanzas eusebianas
Columna semanal
Eusebio Ruvalcaba (Foto: unasletras)

Reflexiono en torno a las presentaciones de libros. No me imagino a Dostoievski presentando Crimen y castigo rodeado de amigos; sus presentadores salpimentándolo de elogios; dos mujeres admiradoras entre el público, dispuestas a irse con él a la cama después de la lectura, y el editor en la entrada del salón con una pila de libros para los interesados. Ignoro desde hace cuánto se lleven a cabo tales presentaciones en México. Pero hoy día es uno de los aspectos más chuscos que acompañan la edición de un libro. Cuando menos dos puntos han quedado claros en este rubro: 1) las editoriales nunca le pagan a los presentadores su trabajo. En efecto, tomando como punto de partida la archisocorrida amistad —en un 99 por ciento de los casos, el autor escoge a sus presentadores—, los editores se lavan las manos; sin considerar que el presentador habrá de sentarse a escribir dos o tres cuartillas en las que ofrezca su punto de vista sobre el libro en cuestión, lo cual, redactar esas líneas, es un trabajo como cualquier otro que debe ser comúnmente remunerado. Bueno, ni siquiera se acostumbra hacerle un obsequio a quien presenta, que bien podría consistir en un lote de libros de la propia editorial, invitarlo a comer, o, en fin, tener un detalle que hable de gratitud y reconocimiento (estos gestos más bien son sorteados por los autores, que de pronto halagan al presentador con algún obsequio que va de una canasta de frutas a una botella de vodka). El otro punto que ha quedado clarísimo en esto de las presentaciones, es que se ha acabado la originalidad (tal vez porque nunca la hubo; tal vez porque la presentación de un libro en sí misma es un acto muerto). En efecto, se ha dado el brinco a la chabacanería, la ridiculez y la estulticia. Se trata de ver quién llega más lejos, para lo cual simplemente se recurre a la audacia: que una mujer se desnude entre el público, que un expresidente sea uno de los presentadores, que se muela un pollito en una licuadora, que a la mamá del autor le sobrevenga un paro cardiaco. El editor entonces —por regla general en complicidad con el autor— se frota las manos. Todo esto asegura la venta masiva del libro. Bien pensado, los editores tienen razón. Son comerciantes como cualesquiera otros, no son damas de la caridad. Están arriesgando su dinero por un texto que difícilmente doblará su kilometraje (sin contar con la monstruosa proliferación de estos acontecimientos; ha habido ocasiones en que, en el DF, se han presentado hasta 15 libros en un solo día). El público conoce este modo de pensar y también está de acuerdo. Aunque cualquier incauto —como quien esto firma— se pregunte por qué no se estila montar todo este numerito para presentar, digamos, una sinfonía.

Precisamente cuando caía el primer aguacero del año, mi padre nos tomaba de la mano y nos sacaba a correr al patio. Vivíamos en Mixcoac, en una casa grande, tan grande que en su mentado patio cabía una extenuante fila de coches. Así que cuando sobrevenía la primera tormenta corríamos por aquellas baldosas hasta que quedábamos empapados. Enseguida mi madre, sin dejar de regañar a mi padre, nos obligaba a bañarnos, o bien nos frotaba el cuerpo con alcohol alcanforado. Mi padre corría a la par que nosotros. Íbamos por el patio de un extremo al otro. Qué sensación tan maravillosa era sentir el agua escurrir por la cara y cegarnos momentáneamente. Cuando nos cambiamos de Mixcoac y nos fuimos a la colonia Condesa aquellos paseos se terminaron para siempre; tal vez porque la nueva casa no tenía patio. Pero estas conductas no eran inusuales en mi padre. Ahora mismo recuerdo otra de sus ocurrencias: cuando regresaba con copas a altas horas de la noche, nos despertaba para que jugáramos frontón… en la sala de la casa. Sin más hacía los muebles a un lado y descolgaba los cuadros. No cabe duda que en estos días de aguaceros, se extraña la compañía paterna.

eusebius1951@cablevision.net.mx