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Andanzas eusebianas
Columna semanal
Eusebio Ruvalcaba

N
oche. Bebo un poco de vino tinto. Escucho el CD que tengo del IV concierto de Mozart para violín tocado por mi padre. Me detengo en la cadencia. Hace poco, desde Guadalajara, en un español tan rupestre como genuino, se puso en contacto conmigo el violinista ruso Dmitri Zemtsov para preguntarme en dónde podía encontrar discos de mi padre. Le dije que no era posible, que si quería escuchar algo tendría que venir a mi casa. Aseguró que vendría. Pronto. Bebo a la salud del viejo, o estoy a punto de hacerlo cuando cambio el destino de mis baterías: bebo por las mujeres, por sus piernas, por sus senos, por su espíritu, su dulzura, su entrega. Por ser enigmáticas, dadoras de vida, complejas, encerradas en sí mismas. Ya habrá oportunidad de que brinde por mi padre.

Ni siquiera —cosa rara en mí— me fijo en su nombre. Simplemente voy caminando por Luis González Obregón, veo la puerta que va y viene, y me meto a la cantina. Nunca había estado ahí. Me acodo en la barra y pido una ginebra en las rocas. Solamente hay Oso Negro. Está bien, digo. Me da igual, siempre y cuando me sirva una Derrota. ¿Qué es eso?, pregunta el cantinero. Le digo que una cerveza. Me dice que ni siquiera la había oído mentar. Está bien, no importa. Le describo entonces la etiqueta. Es muy simple: “Un perro cojo camina por una calle solitaria. Es de noche. Llueve”. Ah sí, me dice el cantinero, creo que ya la vi por ahí. Pero no nos la han traído.

Hoy día, el nombre de Francisco Javier Estrada es inseparable de la literatura mexiquense. Compilador incansable de poesía, organizador de encuentros entre hombres de letras, promotor cultural que no se arredra delante de los obstáculos que suelen encontrarse en esta clase de aventuras, él mismo poeta, ensayista y traductor, pone en mis manos los últimos libros que compendian su labor cultural en el Estado de México: Rumores del taller Gilberto Owen (Praxis), del cual él es coordinador; Voces en el acantilado de la memoria. Antología de cinco encuentros nacionales de poetas (edit. Coyoacán), aquí bajo el rubro de compilador; Peregrina de amoroso tormento. Voces de poetas para sor Juana Inés de la Cruz (Fontamara), del cual también aparece como compilador, y La sombra de la palabra. Tercer encuentro nacional de poetas (El corazón y los confines). Pero hay más: hojeo un libro (Viaje por la literatura de un poeta, edit. Coyoacán) de Thelma Morales García, que es justo un ambicioso ensayo sobre la obra de este hombre. Seguramente, como ocurre con todo buen libro, su lectura devendrá sorpresas. Por cierto, me encuentro el nombre de Thelma Morales García en dos de las antologías mencionadas: Rumores… y Peregrina... Transcribo el poema de Peregrina. Dice: “Dulzura y canto/ envuelven mi cuerpo/ que entregué al/ santísimo sacramento.// El dolor de mi raza/ arde en mi alma obnubilada/ ante la vorágine/ del potro español.// Sí, lo sé, que los amos/ son poderosos perros de presa,/ pero el espíritu de mi raza/ es mucho mayor.// Miro dentro de mí/ y sé que he aprendido/ a pensar como ellos;/ a amar como ellos,/ a vivir en cumbres y volcanes,/ a sentir sus tierras ancestrales.// Quererlos como mi estirpe/ en estas tierras que nací,/ y que siento cual raíces/ en mis entrañas tan fuertes/ que no pueden ser arrancadas.// Náhuatl, hermosa voz/ de los indígenas de mi pueblo,/ riqueza del idioma/ cual minas del rey Salomón,/ lengua de niño y festival.// ¡Soy sor Juana!, la de dulce faz,/ la de palabras que son canto/ para la patria secuestrada;/ la que duerme en tu regazo/ oyendo la voz de este que/ es mi pueblo”.

eusebius1951@cablevision.net.mx