—Cuéntame acerca de El hombre empuja al hombre. Me da curiosidad saber el génesis de un epistolario.
—Es el resultado de dos circunstancias cuando menos; de un lado, de la voluntad de Víctor Roura de echar a andar una colección que tuviese un doble sello: el del diario El Financiero, en primer término, y, en segundo, el de la sección cultural que él comanda. Recuerdo que desde hace mucho tiempo le escuché a Víctor formular este proyecto. Yo aún trabajaba como corrector de estilo de su sección, y en una de esas escapadas que por azares del destino nos llevaban hasta las mismísimas puertas de una cantinita bien avecindada y con nombre de incendio en pecho —“El Fogonazo”, se llamaba, y de ella no sobreviven más que ratas y cucarachas paseándose por sus vericuetos—, en una de esas tardes afables y luminosas le escuché por vez primera externar un sueño: la publicación de libros emanados de los colaboradores del periódico. ¿Qué motivaba a Víctor a emprender esta tarea: dotar de permanencia a un medio de comunicación aparentemente efímero: el periodismo, en este caso cultural?, ¿o subir la cuesta que significa hacer libros, desde pedírselo a un autor hasta vigilar con absoluto detenimiento cada fase de su terminado, e incluso más allá, su distribución misma? Desde mi muy particular punto de vista —no podría hablar por ninguna otra persona—, creo que a Roura lo animó un espíritu de aventura por compartir un proyecto pionero, pues esta colección de Cuadernos del Financiero constituye un precedente —hasta donde yo sé, que es muy poco— en el periodismo vuelto literatura; permítaseme llamarlo así. Y aquí cabe hacer una acotación: de no ser por el espíritu altruista del señor ya fallecido Rogelio Cárdenas, alma y sangre de El Financiero, estos libros no existirían.
—Sí, pero qué hay detrás del libro.
—Bien, de entrada yo me preguntaría, ¿por qué un epistolario?, y, más aún, ¿por qué dirigirlo a una mujer, en este caso a Coral, mi esposa? Vayamos por partes. Me estoy viendo escribir estas cartas en un estado de desesperación que rayaba en la locura. Pocas veces había yo escrito líneas semejantes, poseídas de una vehemencia telúrica. Todas y cada una de esas cartas significó para mí un grito, una erupción que no podía esperar más, que tenía yo que sacar a cualquier precio. Creo que esta génesis corresponde más a la música que a la palabra escrita, entendiendo esto como un efluvio proveniente del alma, casi sin atravesar el tamiz represivo del lenguaje escrito. Jamás en la vida me había sentado yo a escribir cartas a una persona amada —salvo una o dos, y siempre por algún acontecimiento meramente circunstancial—, y la sensación fue delirante. Las palabras iban conformándose más allá de mi voluntad, los periodos gramaticales se entretejían como si por sí mismos tuviesen preestablecidos su extensión y peso específico; los párrafos se hilvanaban hasta configurar una estructura que yo no había pensado y que me sorprendía paso a paso. La narrativa, el ensayo, la poesía misma, exigen una construcción premeditada, un continuo estire y afloje, una negociación inteligente con la emoción. Las grandes novelas surgen precisamente de un equilibrio entre cabeza y corazón, aunque, claro, y esto es algo que hay que tomar en cuenta, por más elaborados que se adviertan los contornos de ese equilibrio, aquella narración habrá de conmover; de lo contrario no sirve para nada: una novela imberbe, espumosa, que no estruja, que no sacude, que se pasea por los campos de la banalidad, que no aporta nada al hombre ni al lenguaje, es punto menos que un amasijo de varas al viento. Vuelvo a El hombre empuja al hombre. El original de ese libro lo traje bajo el brazo varios meses. Lo mismo si me metía a beber —a solas, como es de mi preferencia— que a caminar en un parque o de plano a ver pasar las horas como nubes portadoras de futuras tormentas, de pronto tomaba ese manuscrito y lo leía con fruición, exactamente como si no fuera un libro de mi autoría. Porque un libro que termino, publicado o no, que hago y rehago, llega un momento en que no quiero saber más de él. Con El hombre empuja al hombre —que reescribí hasta un par de veces— las cosas fueron, insisto, muy diferentes. Pero no es mérito mío, sino del género epistolar.
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