—¿Qué significan las cartas para ti?
—Yo te la reviro. ¿Tú has escrito cartas? Pero cartas genuinas, que vayan de un corazón a otro; no al estilo de la correspondencia que suelen cruzar las grandes divas de la cultura y que a la postre resultan insoportables (en México sobran ejemplos de esos bodrios, como las escritas por los intelectuales cuando se dirigen a otros intelectuales, o los artistas a otros artistas; interlocutores que se reprimen cuando saben que aquellas líneas habrán de pasar a la inmortalidad, y en consecuencia se cuidan de decir cualquier cosa que suene a superficialidad, no vaya a ser que la historia los condene y los mande al rincón de los castigados). Escribirle cartas a una persona cercana —lo cercana que puede ser una esposa, una amante, una hija— es una prueba de fuego porque no se puede mentir. Cada línea equivale a una frase dicha, a tener cara a cara a esa persona y decirle las cosas como son. Sin mentiras de por medio, sin ambages, sin tapujos. Eso fue sobre todo lo que me impulsó a escribir las cartas que integran El hombre empuja al hombre —que si devinieron en ensayos, como me lo han dicho quienes saben de esto, es cosa que no estuvo en mi mano—, y que no pasan de unas cuantas. Todas esas cosas que digo yo tenía que decírselas a mi mujer, a ella, que es mi confidente, la persona que me soporta, el sparring en el que descargo todos mis golpes, mis frustraciones, mis fracasos. ¿Quién más que ella podría tolerar a un hombre que ronca y duerme pesadamente a su lado la borrachera de días interminables? A una mujer así no se le puede mentir. Por más que haya depurado el lenguaje, no quité una sola coma si eso implicaba ponerme la camisa de fuerza de la censura. Los temas venían a mí y me rebasaban: la música, la palabra escrita, el alcohol, el fracaso, el amor filial, la desolación, la infidelidad, el abatimiento, la soledad, la salud, el entusiasmo, la alegría. Todo un cúmulo de emociones vertidas en el alma de una mujer. Ni modo, Dios la puso en mi camino.
—¿De veras no le has escrito más cartas a nadie?
—Bueno, a excepción de unas cuantas... pero cartas de intensidad cruda, sí, en El Financiero por supuesto. Por ahí andan.
—¿Las vas a publicar?
—No, prefiero mantenerme alejado de los maridos armados.
Ruvalcaba, Eusebio, El hombre empuja al hombre, 1ª. ed. Cuadernos de El Financiero, México D. F., 2003, 77 págs.
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