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Andanzas eusebianas
¿Nunca te amarraron las manos...?*
Eusebio Ruvalcaba

—En este libro se advierten varias técnicas en cuanto el tratamiento de un cuento. A mí me ha llamado particularmente la atención un estilo, un recurso narrativo que desarrollas en algunos de los textos que comprenden el volumen, y que consiste en concentrar la acción, en evitar cualquier giro innecesario, en prescindir de cualquier desplazamiento hacia adelante, hacia atrás o hacia los lados, hasta lograr que toda la acción se concentre en un punto casi insignificante, fundamental para la historia pero que a los lectores dados a los cuentos espectaculares puede parecerles desabrido. Dan la impresión de ser cuentos inmóviles. Estoy pensando en varios: “Los amigos”, “El incidente”, “Qué sola estaba la tarde”, “Cinco minutos con mi madre”... Casualmente todos ellos cuentos terriblemente dolorosos, no estoy elogiando, estoy señalando, y que bien cabrían en una cápsula de suplemento alimenticio. Yo creo que de ahí viene un modo de contar antidramático, que tú has llevado hasta sus últimas consecuencias.

—Bueno, no creo en la originalidad en literatura; así que seguramente antecedentes sí los hay, la cosa sería rastrearlos; pero ésa ya es otra historia, aunque sí te puedo decir que yo no había leído nunca ningún cuento con ese tratamiento cuando escribí los míos. Más bien te voy a hablar de una sensación extraña. Era algo raro al momento de escribirlos, como cuando te pruebas una camisa y te queda pintadita. Los cuentos largos, que abundan en el libro, donde coexisten diversos acontecimientos hasta que uno de ellos descuella sobre los demás, me provocan la sensación de que tengo en las manos una novela, o cuando menos una historia que apunta hacia allá. Me di cuenta entonces de que lo ideal era compactar la acción, cosa que apliqué en otros libros. Ahora bien, con el tiempo me percaté de que esta técnica podía aplicarse igualmente a un cuento de dos o incluso tres mil palabras, sin menoscabo de la acción; aunque ahí lo difícil sería mantener la tensión, evitar que el cuento se reblandezca. Toma el cuento de que un cuento como “Los amigos” tiene alrededor de 600 palabras.


—¿Y cómo le fue al libro?


—Bien y mal. Tuvo comentarios favorables y desfavorables (en ese tiempo todavía leía yo lo que se escribía sobre mi trabajo; ahora no lo hago más). Ignacio Trejo Fuentes, a quien respeto muchísimo, lo destrozó; mientras que Emmanuel Carballo, a quien desde luego también respeto al ciento por ciento, lo avaló. El libro se vendió, se agotó y me compré un Mustang.


—Se lo dedicaste a George Hal Bennett, ¿quién es?


—Qué bueno que lo preguntas. Fue mi maestro, de hecho el único maestro que he tenido en esta cuestión de la palabra escrita. Porque los otros, los coordinadores de las becas, han sido asesores literarios. Pero maestro como tal sólo George. Lo conocí durante la beca que tuve del Centro Mexicano de Escritores. El vivía ahí, en la azotea. Años atrás, él había gozado de esa beca pero en el rubro de escritores extranjeros; porque había nacido en Virginia. George Hal Bennett era negro, un gigante. Adicto a los chochos, dueño de unas historias endemoniadas. Capaz de escribir una novela en tres días (no miento; lo hizo delante de mí), sabía de extraer de las palabras el jugo más intenso. Era despiadado en su técnica de enseñanza. Línea por línea revisábamos la novela que intenté escribir bajo su supervisión, y que finalmente no se logró: su temperamento y el mío eran como dos pedernales que al frotarlos estallaban incendiando todo alrededor. Le debo mucho. Sobre todo a mantener muy en alto la libertad de pensamiento, único bastión que debe defender todo hombre que utilice la palabra escrita para expresarse. No sé si viva todavía. Hace más de 20 años tuvimos un rompimiento terrible y se fue a vivir a San Miguel de Allende.



¿Nunca te amarraron las manos de chiquito? 1ª. ed. 1990, Planeta, México, 139 págs.

eusebius1951@cablevision.net.mx