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Así de importante es la educación pública...
Columna La letra con sangre
Sandro Cohen

Ninguna nación puede ser mejor que su sistema de educación pública, y en un país como México, donde la mayoría de las familias no puede pagar las elevadas colegiaturas de las escuelas particulares, el sistema de educación pública y gratuita es la base del desarrollo nacional. En la medida en que éste produzca jóvenes despiertos, analíticos, críticos, cultos y apercibidos de las habilidades para manejarse en un mundo cada vez más complejo y competitivo, México avanzará económica, política y hasta espiritualmente. En la medida en que fabrique autómatas intelectuales, simples consumidores de verdades predigeridas; incapaces de identificar, comprender y desmenuzar los fenómenos que los afectan, se abrirá cada vez más la brecha en que —más temprano que tarde— caeremos todos.

De un lado de la brecha se ubican aquellas familias que pueden no sólo pagar una escuela particular sino de excelencia donde los niños aprenden a leer y escribir de manera gozosa, a tal grado que estas actividades se convierten en segunda naturaleza. Así, las demás ramas del conocimiento humano se les abren como frutos maduros, listos para ser devorados. Del otro lado de la brecha se encuentran aquellas familias que apenas tienen para comprar uniformes a sus hijos, que difícilmente están en condiciones de conseguir los libros complementarios que se les piden, que jamás llevan sus hijos a museos, obras de teatro, conciertos; que no leen ni tienen libros en casa sino uno o varios televisores, prendidos desde las seis de la mañana hasta las once de la noche. De este lado de la brecha se encuentra, aproximadamente, el 95 por ciento de la población mexicana. Del lado de enfrente, donde viven las familias que envían a sus hijos a escuelas de excelencia, vive tal vez el cinco por ciento.

Si México se vuelve aún más disfuncional de lo que es ahora en términos educativos, el cinco por ciento caerá al mismo abismo que el 95 por ciento restante. En otras palabras, nos conviene a todos poner de cabeza al sistema educativo mexicano para ir cerrando esa brecha. Quienes buscan conservar sus privilegios económicos a como dé lugar, sólo están cavando su propia tumba. Las escuelas públicas son el gran ecualizador: hacen posible que incluso los más pobres puedan tener acceso al conocimiento que los hará realmente libres y productivos, y esto a largo plazo sólo puede ser bueno para toda la nación. Así, en lugar de exportar carne humana en forma de braceros, estaríamos en la posición de enviar al resto del mundo —cobrándosela— tecnología mexicana, productos elaborados y no sólo materias primas, todo aquello que nos volviera un país más productivo e independiente que consumidor y cautivo.

Hace dos semanas escribí que el bosque de la cultura mexicana abarca tres áreas, la más importante de las cuales es la conformada por la educación básica, mediana y superior. Esta columna y la anterior hablan precisamente de lo que debemos hacer para que la educación sea impulsora no sólo de la cultura entendida como las bellas artes sino del conocimiento en general. A partir de la próxima semana exploraremos las otras dos áreas del bosque.


sandrocohen@prodigy.net.mx