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Carnavailito
Columna La ciudad libre
Marco Aurelio Díaz Güemez (Fotos: Gabriel Celis)
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El carnaval de Mérida es una fiesta muy vieja en la historia de esta región, sin embargo, a pesar de esa singularidad, es uno de los más desconocidos fuera de Yucatán. Por tanto, es un festival completamente local, de poco o nulo interés para el turismo, y no aparece en los noticieros “nacionales”, donde hacen menciones al de Veracruz, Mazatlán y hasta el de Campeche.

Este carnaval se ha celebrado desde entonces en el centro histórico (o desde que sólo se llamaba centro). Hay fotos de principios de siglo donde vemos las casonas eclécticas como escenario de curiosos carros alegóricos. Sin embargo, es posible notar que las multitudes que se agolpaban en el centro no eran a las que hoy experimentamos.

Un martes de carnaval meridano puede atraer al centro histórico hasta 100,000 personas. Ahora imaginemos cuántos vehículos trae consigo, cuántos puestos de comida y cuántos puntos de venta de cerveza. Al final del día, que son seis en total, deja un panorama poco augusto para el lugar: basura por doquier, jardines maltratados, el tráfico desviado (incluso el peatonal), olor a orines y a cerveza, es decir, una resaca de fiesta de mal gusto.

Hace 6 ó 7 años un alcalde pretendió sacar el carnaval del centro. No lo consiguió, y qué lástima. El centro es un espacio público pero no es suficiente pretexto para que sea sede de un festival que sólo sirve para que los meridanos desahoguen su deseo de tomar cerveza en la vía pública (que en el resto del año está prohibido).

El centro puede resistir un Mérida en Domingo (festival cultural de los domingos) o un Ponte Chula (los sábados por la noche), pero justamente ese es su límite, y al menos beneficia al comercio establecido. En cambio, el carnaval beneficia más a los que venden cerveza, que son ocasionales.

Por lo tanto, siendo hoy Mérida una ciudad cada vez más cercana al millón de habitantes y necesitada de que sus flujos vehiculares y peatonales no tengan barreras que impidan su curso corriente, sobre todo en el centro, donde se asienta buena parte del comercio local, es necesario y urgente reconsiderar la permanencia del carnaval en esta zona de la ciudad.

Esta fiesta, para ser honestos, tiene poco de carnaval, y más parecido con las concentraciones multitudinarias en el malecón de Progreso durante el verano y con la feria de X’matkuil en el otoño. Es un festín de cerveza y música que afecta notablemente las actividades consuetudinarias del centro. En cambio, en Campeche, el carnaval es un festival que la gente hace y organiza, no es como aquí que está organizado por el ayuntamiento a través de un comité más preocupado por recuperar dinero que por divertir.

Por eso mismo, el municipio tiene el poder de considerar esa urgente salida del centro, y trasladarlo a una nueva sede (como en Río de Janeiro, donde el carnaval tiene su propio estadio). Quizá así sea posible que por fin se convierta en lo que debería ser, un carnaval, y no un desfile de marcas; para eso sería mejor hacer un desfile comercial como tal.
 

Mérida, México, febrero de 2006
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