Cuanto más natural el comportamiento, menos nos fijamos en él. Hasta los seres humanos menos dotados intelectualmente pueden hablar, a menos que hayan sufrido daño cerebral. Nadie requiere clases especiales para comunicarse verbalmente. Tal vez no hablamos siempre con elegancia, pero de que somos capaces de expresar oralmente lo que sentimos, deseamos o pensamos, lo somos. Escribir es otra cosa: requiere una capacitación especial porque no es una función natural del ser humano sino una extensión metafórica de nuestro lenguaje hablado. Y no sólo eso: es una extensión huérfana. Cuando tomamos un texto para leerlo, carecemos de contexto, no somos testigos del lenguaje corporal de quien lo escribió, no escuchamos su tono de voz, sus cadencias; no vemos su sonrisa o gesto adusto… Las palabras pelonas, más los signos de puntuación, deben comunicarlo todo.
En otras palabras, aquí hay una gran paradoja: el lenguaje hablado es muchísimo más complejo que el escrito, pero éste nos resulta más difícil. La paradoja se resuelve cuando nos damos cuenta de que el lenguaje escrito, con todas sus limitaciones, puede ser un arma expresiva poderosísima en el momento en que el ser humano lo domina y sabe incorporarle todo lo demás traducido al fenómeno gráfico. Para esto aprovechamos los conocimientos del lector. Dicho de otra manera, el buen escritor sabe cómo hacer que el lector se enchufe al texto con sus propias experiencias y prejuicios. Esto explica por qué cierto personaje de novela para mí puede ser rubio, mientras que para otro sea castaño, sin que el autor jamás lo haya especificado.
Aunque nosotros, los seres humanos, nos sentimos lo máximo porque no sólo podemos hablar y —en algunos casos— escribir, resulta que no estamos solos. Desde hace tiempo sabíamos que algunos chimpancés, gorilas y orangutanes son capaces de aprender idiomas humanos y adquirir ciertos conocimientos de sintaxis, pues utilizando iconos y pizarrones e incluso el lenguaje de los sordomudos, pueden comunicarse. Decíamos que no les era natural, pero que podían hacerlo.
Ahora resulta que un chimpancé bonobo llamado Kanzi no sólo puede hablar mediante un teclado, sino que entiende lo que se le dice en un inglés conversacional común y corriente (http://www.npr.org/templates/story/story.php?storyId=5503685). No se trata de las simplezas que utilizamos con nuestros perros —como “quieto”, “sentado”, “échate”, etcétera—, sino de instrucciones complejas nada evidentes, como “Kanzi, necesito que saques las hamburguesas de aquí y que las eches a la sartén”. Cuando el bonobo hace un intento de comerse una hamburguesa cruda, la investigadora lo corrige y le repite lo que quiere. Con eso, el mono, obediente, empieza a echar la carne a la sartén, un poco aplastada, pero en fin.
Y todo esto lo aprendió viviendo con seres humanos, como cualquier niño. Ahora sí: no tenemos que ir al espacio sideral para saber que no estamos solos. Nuestros primos hermanos nos están viendo desde el otro lado de un espejo mucho más cercano. Sólo les falta empezar a escribir… artículos para Milenio.
|