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Con olor a Mozart (I)
Andanzas eusebianasCON OLOR A MOZART (I)*
Eusebio Ruvalcaba (Foto: unasletras)

—¿Un libro más sobre música?
   
—Me parece que fue el primero. Quiero decir, que es el primero que publiqué bajo el manto de la música.

—Sabemos de tu amor por la música. Pero también de tu amor por la literatura y a ella no le has dedicado tantas líneas.

—Eso es cierto. Sin duda, estoy mucho más apegado a la música que a la literatura. La música es un ejercicio emanado del corazón que va directamente al corazón. La literatura en cambio es muestra palpable del gran poder de la inteligencia, que emocione o no es otra cosa. Con olor a Mozart es, en efecto, un libro sobre música. Un libro en el que recurro a la poesía para aproximarme a la música.

—¿Podrías ser más específico?
  
—Sí. Se trata de cuartetas sin métrica ni asonancia. Un poema constituido de cuatro versos. Pretendí reducir a unas cuantas palabras, lo que para mí significa un compositor. O cuando menos algo de lo que ese compositor me da, no necesariamente en el aspecto musical; por ejemplo, cuando hablo de Chaikovski no me refiero a su vigorosa vena melódica sino a un aspecto de su frágil personalidad. ¿Cómo llego a esta conclusión? De alguna manera es un libro que provino directamente de las enseñanzas de mi madre. Te cuento. Cuando ella se sentaba a estudiar el piano, me gritaba para que acudiera a su lado, y entonces me tocaba algún fragmento de equis músico; enseguida me explicaba algún acontecimiento de la vida de ese compositor; lo que ella quería, y lo logró, era que yo entendiera que la música es uno de los lados más hermosos de la vida, que la música brota desde el fondo mismo del alma humana. De esta manera yo asocié, de ahí en adelante y te aseguro que hasta mi muerte, a la música con el discurso narrativo. Ya nunca pude separar el sonido puro de la palabra escrita. De ahí que me considere incapaz de emprender un análisis musical. En cambio puedo pasarme horas hablando de Bach.

—¿Eres lector de biografías de músicos?

—Sí, y me parecen de fábula. La biografía como tal me gusta mucho. Siempre tengo una biografía en mi mesa de trabajo. Ahora mismo estoy leyendo una de Jack Kerouac, increíble.

—Estos poemas sobre los músicos son como pinceladas, pero hechas apasionadamente aunque con mesura. No sobra ni falta nada. ¿Cómo le hiciste para sujetarte a esa precisión?

—La poesía te obliga a ser económico, a no dilapidar el lenguaje en construcciones innecesarias. Viene la visión a la cabeza y se captura con una manopla que siempre debe uno de tener a la mano. Lo más difícil es crear esta sensación de que el tiempo se detiene. Como si estuvieses viendo una fotografía. Esta impresión es muy clara, me parece, en el poema de Gershwin: “Admiraba su figura en las vitrinas de Nueva York./ Atrás de él, los autos iban y venían. Por fin,/ la música compartía sus secretos con un estadunidense./ Su Rapsodia en azul evoca el perfume de los rascacielos”. Bueno, este poema consta de dos partes. En la primera, sucede esta situación que te menciono del tiempo que se detiene; en la segunda, hay un jueguito entre la Rapsodia en azul y la arquitectura neoyorkina, que de verdad pareciera ser la materia prima de la que está hecha esa espléndida obra, porque tú la oyes y lo que viene a tu cabeza es la ciudad más luminosa del mundo, por llamarla de alguna manera.

—El movimiento en el poema colabora a crear esta sensación de estatismo. Como en el poema “José Rolón”...

—Claro, se establece un contrapunto. El poema dice “Viajó a caballo de Zapotlán a la ciudad/ de México para escuchar a Paderewsky./ La equitación y el piano los había aprendido/ en el rancho El Recreo, propiedad de su padre”. Tienes razón.