 Si existe un género de falsas biografías de músicos llevadas al cine, hay dos ejemplos más o menos recientes que han dignificado la pantalla grande mucho más que algunos otros filmes que han pretendido contar una historia verdadera. Sólo un año los separa. En 1998 apareció La leggenda del pianista sull’oceano, basado en el monólogo teatral Novecento de Alessandro Baricco, y que fue traducido al castellano como “La leyenda de 1900” (el subtítulo que le pusieron a la versión local del libro). Un año después apareció Sweet and Lowdown, título traducido como “Acordes y desacuerdos” en España, y como “El gran amante” en México.
La primera película fue dirigida por Giuseppe Tornatore; la segunda, por Woody Allen. Aunque la norteamericana posee algo de comedia y algo más de farsa, en realidad se trata de una tragedia a la altura de muchos músicos —no sólo de jazz— que tuvieron vidas intensas y mucho más breves de lo que, a nosotros como sus admiradores, nos habría gustado: piénsese en Mozart y Schubert, para no ir más lejos. El largometraje de Tornatore, a pesar de haber sido filmado como melodrama, es también el retrato de una figura trágica, de un genio con un corazón tan noble que nunca pudo comprender bien a bien la estrechez y mezquindad de la mayoría de los seres humanos que lo acompañaron en lo que podemos llamar, literalmente, el viaje de su vida.
Sweet and Lowdown fue filmada a partir del guion original de su director y es exactamente lo que Allen pretendió que fuera: la biografía del ficticio guitarrista de jazz Emmet Ray (Sean Penn), “sólo superado por Django, el gitano francés”. Simultáneamente inseguro y megalómano, es un patán que se convierte en ángel cuando sus dedos empiezan a tañer las cuerdas de su guitarra. Sólo en esos momentos sabe comunicarse con el resto de la humanidad, y lo hace del modo más sublime. Baja la guitarra y es punto menos que un imbécil, no sólo incapaz de reconocer el amor de su vida sino la diferencia entre el bien y el mal, y en los niveles más simples. Aún muy joven, cuando descubre que se ha casado la única mujer a la cual de veras amó, desaparece.
La leggenda del pianista sull’oceano es la fábula de un hombre que nació en un crucero de lujo (Tim Roth), que se crió en ese barco y que jamás tocó tierra firme. Además, es tal vez el mejor pianista del mundo, pues vence al jazzista Jelly Roll Morton en un duelo pianístico que éste le propone sin que Novecento entienda muy bien de qué se trata. La película difiere del monólogo teatral en la razón por la cual Novecento, en un momento dado, desea bajar a tierra, proyecto que no prospera, pero en el fondo es lo mismo en ambos casos: el músico entiende al mundo, su mundo, a partir de 88 teclas que pueden combinarse infinitamente. El otro mundo, el de la tierra, es en sí infinito y él cree que se perdería sin remedio. Cuando el barco es por fin hundido, adrede, por inservible, Novecento sigue a bordo, pues se ha negado a abandonar la nave.
Dos películas hermosas e inquietantes, nos dejan con varias preguntas indelebles: ¿qué es bondad, qué es nobleza, qué significa ser un genio y hasta qué punto pueden los genios realmente comprender a sus compañeros de ruta menos dotados, quienes pocas veces los comprenden a ellos?
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