He dado clases de redacción a abogados, médicos, militares, magistrados, amas de casa, periodistas, editores, correctores de estilo, secretarias, estudiantes, músicos, maestros de escuela, directores de empresas, poetas, novelistas… Probablemente he dado clase también a prostitutas, narcotraficantes y guerrilleros de todos los bandos, pero han tenido la discreción suficiente como para no decírmelo. Por eso, a pesar de la gran variedad de mis alumnos, nunca deja de asombrarme que, sin excepción, ninguno se acuerde de nada de lo que aprendió, supuestamente, en la escuela acerca de cómo funciona el idioma español. A lo más que llegan es a la existencia de los conceptos de “núcleo, verbo y predicado”. Al escuchar esto, sonrío, porque el verbo forma parte del predicado, la más importante: es su núcleo. Algunos agregan, tímidamente, “y complemento”. ¡Aleluya!
No me interesa anunciar, una vez más, que nuestro sistema educativo está para el arrastre, pero sí me llama la atención esta laguna casi universal en la cultura de personas que, incluso, trabajan diariamente con el idioma. Creo que tiene que ver con la inutilidad del sistema simplista que se usa en las escuelas, donde se enseña precisamente eso que recuerdan: “las oraciones tienen sujeto, verbo, predicado y complementos” (o algo parecido). Como es sólo media verdad, funciona sólo a medias y, al fin y al cabo, no sirve para nada en el mundo real.
Hablando de una oración, aun cuando alguien pueda identificar el sujeto, el núcleo de predicado y posibles complementos (en voz activa), y la estructura de la voz pasiva y de la pasiva refleja, esto no garantiza que podrá redactar de manera clara. Para que esto suceda, debe comprender que la oración simple existe más en la teoría que en la práctica. Hasta aquí, por ejemplo, he usado 28 oraciones. De ellas sólo dos fueron simples (la primera y la última del primer párrafo; no tomé en cuenta la interjección ¡Aleluya!). Es decir, sólo el siete por ciento de las primeras 28 oraciones fueron simples; las demás formaron parte de proposiciones formadas a partir de oraciones compuestas.
Cuando menciono estas palabras, con frecuencia mis alumnos se ponen a temblar. Y si digo “oración subordinada”, algunos piden permiso para ir al baño. Si aludo a relaciones de “coordinación y subordinación”, me miran como si les hablara el mismísimo diablo. Seguramente supieron algo de esto, no lo entendieron, copiaron en el examen y enseguida lo olvidaron del todo. Al escuchar las palabras de nuevo, sin embargo, no pueden ocultar claros síntomas de náusea. Todo esto es muy triste.
Y lo es porque no hay nada más natural que una oración compuesta. La anterior lo es por subordinación, y la presente proposición también, pero por coordinación. Hablamos y escribimos coordinando y subordinando ideas, las cuales giran alrededor de verbos. Si tan sólo pudiéramos explicar esto a nuestros alumnos, sufrirían mucho menos y aprenderían a organizar sus ideas más fácilmente, como se verá en el remate la próxima semana…
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