“Id preparando sepulturas” fue la orden irrebatible que lanzó desde Sevilla Gonzalo general Queipo de Llano, el jefe fascista que tomó Andalucía muy al principio del golpe en España, en 1936. Unas semanas después, cuando a él mismo le comunicaron que, en Granada, tenían preso a García Lorca su orden fue mucho más específica: “Denle café, mucho café”, y dar “café” significaba fusilar sin juicio, sin preguntas, sin perder el tiempo en nimiedades.
La orden se cumplió fríamente, y el poeta fue asesinado el 18 de agosto, hace exactamente setenta años, al pie de un olivo antiguo y en compañía de un maestro de escuela y dos banderilleros. Los cuatro republicanos: no fue otro su delito.
El 17 de octubre de 1936, apareció en la revista Ayuda el poema que Antonio Machado escribió a la muerte de Federico, que se ha repetido desde entonces, de memoria y en cientos de publicaciones, y cuya primera y tercera partes no me resisto a publicar en este espacio:
“1. Se le vio caminar entre fusiles / por una calle larga, / salir al campo frío, / aún con estrellas en la madrugada. / Mataron a Federico / cuando la luz asomaba. / El pelotón de verdugos / no osó mirarle la cara. / Todos cerraron los ojos / rezaron: ¡ni Dios te salva! / Muerto cayó Federico / –sangre en la frente y fuego en las entrañas–. / Que fue en Granada el crimen / sabed –¡pobre Granada!–, en su Granada.
“3. Se le vio caminar... / Labrad, amigos, / de piedra y sueño en el Alhambra, / un túmulo al poeta, / sobre una fuente donde llore el agua, / y eternamente diga: / el crimen fue en Granada, ¡en su Granada!”
Machado era demasiado bueno (“en el mejor sentido de la palabra, bueno”) para imaginar aún la calaña de los fascistas. Ni cerraron los ojos ni rezaron. Uno de ellos, según testimonio recogido por Ian Gibson, comentó entre risas a sus camaradas, al volver, que venía de meterle cuatro tiros en el culo, por maricón. También fue víctima Federico de la homofobia, esa enfermedad que corroe a las sociedades, hoy ya, cuando menos, diagnosticada.
Fue aquel un año trágico para España, para todas las naciones (porque en España comenzó realmente la II Guerra Mundial) y, muy especialmente, para el teatro en nuestra lengua. En enero, murió Vallé Inclán y, en julio, García Lorca. Hace setenta años de aquel terrible 1936.
Lo he repetido en muchas ocasiones, porque lo creo profundamente: el teatro en nuestra lengua tiene como asignaturas pendientes a Valle y a Lorca. El primero fue maestro del segundo y, ambos, recibieron el magisterio del verbo rubendariano. Y Rubén fue el sacerdote supremo de un modernismo que nació en México con nuestro Gutiérrez Nájera. Ya es hora de cobrar muchas herencias.
Como siempre se dice al hablar de los poetas muertos, y en todos los casos con razón, el mejor homenaje es recuperarlos. A ese extraordinario poeta que fue también del teatro Federico García Lorca, antes que nada hay que salvarlo del “Lola Flores’ sound” con que masacran sus poemas los recitadores, y releerlo desde el Romancero gitano hasta Poeta en Nueva York y Sonetos del amor oscuro, para reencontrar tanto los “sonidos negros” con que a Lorca enamoraron los gitanos cuanto la amplitud universal de sus temáticas. Y hacer lo mismo con su teatro. Por ejemplo, Mariana Pineda no es folclor para lucir peinetas sino una toma de partido por la República que acabó costándole la vida.
Yo he conseguido, tanto en la Casa del Teatro (gracias a Tavira y al Chamaco Cárdenas) como en la UNAM (gracias a Solares y a Crestani), repetir uno de los más entrañables sueños lorquianos: el teatro estudiantil de La Barraca. Ahora quisiera repetirlo en Yucatán y ese es el objetivo final del grupo Teatro Hacia el Margen que tenemos en la península: construir un carro de comedias que recorra los caminos del Mayab, para llevar teatro clásico como La Barraca pero también para encontrarnos con el teatro maya, que vive todavía, y alimentarnos con él como Lorca supo alimentarse de voces distintas a su mundo occidental. panicoes@hotmail.com
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