You need the Flash Player version 9.0.0.0 or higher and a JavaScript enabled browser to view this site
Fábrica de ciegos y sordos
La letra con sangre
Sandro Cohen (Foto: unasletras)

Jamás quisiera poner en duda la importancia de la cultura popular, toda aquella expresividad que los pueblos manifiestan espontáneamente o que aprenden por el ejemplo, como sucede con la música y las danzas folclóricas. Incluso aquello que se transmite por radio y televisión tiene su valor, pero sólo en contadas ocasiones llegan estas expresiones a calar de manera profunda en la conciencia, a provocar la reflexión, a estimular el pensamiento, la crítica y —lo más importante— la creatividad. Las más de las veces, aquella cultura que se promueve con el fin principal de atraer el público para que oiga y vea anuncios comerciales, es de una gran superficialidad; suele seguir patrones aceptados que harán todo menos inquietar. Además, estos medios dejan en el total abandono las otras expresiones del alma humana: la literatura, el teatro, las artes visuales, la danza… Y con esto, ni siquiera hemos tomado en cuenta cómo la radio y la televisión han servido escasamente para la discusión efectiva de ideas y problemas importantes, complejos, como los que enfrentamos cotidianamente.

Se supone que si no se adquiere esta sensibilidad, estas habilidades y conocimientos en el hogar mediante el ejemplo —que incluye la lectura y el goce de las artes—, se aprenden en la escuela. La lectura es la punta de lanza. Gracias a ella adquirimos el léxico imprescindible para relacionarnos, mediante nuestra inteligencia, con lo que nos rodea: sin palabras, no podemos pensar. Y sin las palabras justas, no podemos pensar claramente.

Existen, desde luego, muchos niveles y clases de lectura, pero la que a temprana edad cautiva y engancha es, sin duda, la literatura: poesía, cuentos y —un poco más adelante— novelas. Los niños que puedan leer, comprender y gozar estos géneros, fácilmente podrán adentrarse en el mundo del ensayo, la lectura técnica o la que divulga conocimientos de cualquier índole. La literatura es capaz de hacerlo porque evidencia nuestra humanidad, cómo nos relacionamos todos más allá de nuestra nacionalidad, religión, idioma o incluso época. Enriquece nuestra experiencia cotidiana de manera exponencial y nos prepara para muchas otras disciplinas, incluyendo las ciencias, las matemáticas o cualquiera de las otras artes no literarias. En otras palabras, la lectura es la llave para que cualquier ser humano pueda trascender, aprovechando sus aptitudes y talentos naturales. De otra manera, éstos se asfixian, se atrofian.

Nuestras escuelas, públicas y privadas, están fallando miserablemente en esta tarea fundamental. Los niveles de pericia en la lectura —la capacidad de leer un texto, comprenderlo, sintetizar sus ideas principales y relacionarlo con la realidad propia— son en extremo deficientes. Nuestro sistema educativo privilegia la memorización de datos, o el desarrollo de manualidades, no el descubrimiento y la exploración de ideas, de las relaciones entre los diversos fenómenos que nos afectan en todos los niveles. Estamos fabricando ciudadanos de tercera, ciegos y sordos no sólo ante las bellas artes, sino ante sí mismos.


sandrocohen@prodigy.net.mx