—Este libro te lo publicó la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Hay algo que me llama la atención de la cuarta de forros, escrita por Alejandro Meneses. Cuando dice “En la noche del verdugo y aceite hirviendo, del crujir de huesos, de la pronta sangre y la inmundicia, los instrumentos de la pena han arrancado al hombre la lengua, no la palabra”... ¿esto significa que tú te apropiaste de la palabra de las víctimas?
—No, de ninguna manera. No creo que alguien que está ardiendo bajo el fuego de las llamas, evoque la música de sacra como telón de fondo. Precisamente no hablé en primera persona en estos sonetos para evitar el melodramatismo, tan caro a los enanos de espíritu. Intenté ver las cosas desde afuera, con el propósito, ya lo dije, de mantener cierta frialdad, que lo haya logrado o no es otra cosa. Mencionaste a Alejandro Meneses, y déjame decirte algo al respecto. Fui su tutor cuando él tenía la beca de los Jóvenes Creadores del Fonca. Había atrás de él un aura trágica, y quienes lo conocieron no me dejarán mentir. Solíamos sentarnos a beber por horas. A la menor oportunidad hacía gala de un negro, cáustico y corrosivo sentido del humor. Como si todo en la vida, hubiese de pasar por ese tamiz suyo. Nos guardábamos un afecto profundo. Cuando vi su nombre escrito en la cuarta de forros del libro, me emocioné y lo agradecí. Que además es una de las cuartas que más me gustan. El libro tenía para mí una especial relevancia, con su nombre puesto ahí. En fin, cuando me enteré de su muerte lo sentí enormemente.
—Tengo una inquietud que no resisto más...
—¿Cuál?
—Tú acostumbras dedicar todo lo que escribes... ¿Existe alguna razón por la cual le dedicaste este libro a Sandro Cohen?
—Siempre hay una razón para dedicarle un texto a alguien. Alguna época en la que Sandro trabajaba en Grupo Editorial Planeta, le tendió la mano a mis hijos Alonso y Flor. Esta dedicatoria es un modo, fue un modo, mejor dicho, de retribuir aquel gesto suyo.
—En dónde radica la unidad de este libro, ¿en el tema o en el contenido?, y ahora viene al caso: ¿por qué pensar tanto en la unidad?
—Creo que la unidad se reparte en partes iguales entre el tema y el contenido, pues incluso la justificación del libro está resuelta en un soneto que escribí a propósito y que vale la pena retomar, para redondear la idea: Pues, desfilan delante de nosotros/ los múltiples caminos de llegar/ a Dios. Abundan los de intención vil/ y aquellos que la ternura rubrica// cada una de sus partes. Imposible/ soslayar los de ingeniosa mecánica,/ y, menos todavía, los colmados/ de modestia. Pedregoso camino// para el lector, consumar la lectura/ de tamañas perversiones signadas/ de amor al humilde. Más le valdría// cerrar el presente libro. Y ungirse/ de febril culpa, que de cualquier modo/ el reino de Dios no le pertenece. Ahora bien, en cuanto a mi preocupación por la unidad, acaso siempre ha distinguido mi trabajo. Les insisto mucho en eso a quienes participan en algún taller que yo coordine: la unidad de un libro debe ser tan granítica, que si se lo lanzamos a una persona le abramos la cabeza en dos.
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