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| Las jaulas colgantes y otros sonetos |
| Columna: Andanzas eusebianas* |
| Eusebio Ruvalcaba |
—¿Por qué escribir un libro sobre la tortura?
—La tortura siempre me ha parecido fascinante, descompuesta en cualquiera de sus tres elementos: la víctima, el verdugo o el instrumento maestro —lo llamo así por considerarlo inequívocamente una obra maestra de la ingeniería diabólica: ¿acaso no es para causar asombro que siempre culmine su obra, que lleve su cometido hasta las últimas consecuencias?
—¿Cómo surgió la idea de escribir sonetos a los aparatos de tortura?
—Recuerdo que en ese entonces vino a México, por vez primera, una exposición de instrumentos de tortura. Se presentó en el centro de la ciudad de México. Yo quería ir, la sola idea de contemplar esos aparatos me excitaba. Pero nunca tenía tiempo, inequívocamente se atravesaba algo y me quedaba atorado. Entonces un amigo me obsequió el folleto de la exposición. Fue la llama que prendió la mecha. De ahí me brinqué a libros especializados sobre la tortura. Quería sentir en carne propia la eficacia de aquella metodología bárbara. Aunque déjame decirte que ya había tenido yo un antecedente, cuando escribí El portador de la fe. Pero ésa es otra historia.
—¿Por qué la forma del soneto?
—Porque me parece una provocación. Claro está que no se trata de sonetos rimados ni métricamente perfectos, sino de aquellos que Borges cultivaba: sonetos blancos, en los que se respeta el endecasílabo. Digamos que en este caso de la tortura el soneto significó para mí una forma sublime, precisamente una flagrante contradicción.
—¿Pero por qué no hacer sonetos sujetos a los cánones de la rima?
—Porque para mí la rima y la métrica convencional significan una camisa de fuerza; y ya es suficiente con la dama de hierro.
—Se advierte una especie de regodeo en el tratamiento del tema. Por ejemplo, cuando te refieres al soneto intitulado “El violón de las comadres”: Los había de hierro y de madera./ Ajustado al cuello y a las muñecas,/ la imagen de la víctima traería/ a la mente de quienes contemplaban// su padecimiento, la de un virtuoso/ violinista. Qué ventura si acaso/ el infractor soñara con tocar/ Bach y Mozart, o Tartini y Vitali,// porque le bastaría con cerrar/ los ojos para evocar damas gráciles/ y gentiles varones aplaudiendo// su arte. De ser así, no ocultaría/ su dicha durante la ejecución/ del adagio, que anunciaba su muerte. Aquí es clarísimo lo que quiero decir. Es como si tú gozaras describiendo el sufrimiento de la víctima. No te bastó con ceñirte a señalarlos las características del aparato, sino encima vuelcas tu morbo.
—Es cierto. Me di perfecta cuenta pero no lo pude evitar. ¿Por qué habría de evitarlo? Yo siempre me he sentido atraído por el desgarramiento del alma humana en cualquiera de sus formas, y qué mejor pretexto que escribir sobre aparatos de tortura y aprovechar el viaje para frotarme las manos o ensalivarme los labios. Por otro lado, no creo en el lector bisoño. Desde la lectura del primer soneto —en el caso de que hubiese empezado la lectura por el principio—, es clarísima la tendencia del libro, quiero decir, no la tendencia (hay que huir de esa palabra), sino el tenor. Es el soneto sobre ese instrumento denominado “El aplastapulgares”: En la fiel Constitutio Criminalis/ Theresiana, firmada con el sello/ real de la emperatriz doña Teresa/ en todas y cada una de sus páginas,// figura esta magnífica obra de arte./ Requería poco tiempo y un mínimo/ esfuerzo para obtener resultados/ espléndidos. Simplemente, el verdugo// hacía girar una manivela/ de izquierda a derecha: Tras la primera/ vuelta, las barras tendían a unirse/ aplastando nudillos y falanges./ Tras la segunda, podíanse ver/ los pulgares hechos polvo. Y no de oro”. Creo que no hay que explicar nada. Como tú dices, hay un regodeo. Pero justo eso contribuye a ponerle sabor al caldo.
Las jaulas colgantes y otros sonetos, 1ª. ed. 1997, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, colec. Asteriscos, Puebla, 65 págs.
eusebius1951@cablevision.net.mx
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