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| Lectura, poder y libertad |
| Columna La letra con sangre |
| Sandro Cohen |
Quienes están acostumbrados a leer libros suelen olvidar cómo se vive, a qué sabe la vida, cuando se carece de conciencia libresca. En otras palabras, si uno ya es lector empedernido y tiene años devorando materiales escritos de cierta calidad, puede resultarle muy fácil perder la noción de cómo se la pasa la otra parte de la humanidad, la que no llega a leer ni siquiera un libro a lo largo de 10 años. No se trata de sentirse superior o inferior sino de imaginar la óptica cotidiana de quien vive en constante ayuno literario. Tarea fácil no es.
¿Cuál, pues, es la diferencia entre un lector y un no lector? En la superficie, es posible que no se note absolutamente nada. El no lector puede tener una vida intensa, llena de emociones, satisfacciones y desilusiones, igual que la del lector. Ni siquiera puede hablarse de la calidad de las emociones, ya que éstas son inmedibles y relativas. Un lector puede ser un enfermo social, alguien capaz de hacer daño a quien se le ponga enfrente, mientras que un no lector puede ser un alma bondadosa que se la pasa haciendo el bien sin ver a quién. Para qué sirve leer, entonces? Ésta es una pregunta que algunos enemigos de la cultura literaria —intelectuales antiintelectuales— hacen seriamente, y más vale haber meditado en el asunto para tener una respuesta seria.
La diferencia entre un lector y un no lector estriba en lo que podríamos llamar potencialidad: aquello que se puede hacer a partir de lo que se tiene o de lo que se es. Ofrezco dos analogías para comprender mejor el problema. La primera es mecánica; la segunda, óptica. La mecánica: un automóvil común y corriente suele tener cuatro o cinco velocidades. La primera corresponde a un engrane pequeño que es fácil de mover pero que no puede rodar muy rápido. Por eso, para arrancar, metemos primera. Cuando aceleramos fuerte, la máquina revoluciona mucho pero avanzamos poco. De ahí la necesidad de meter segunda si deseamos cubrir más territorio en menos tiempo. Su engrane es más grande pero más difícil de mover cuando se está quieto; sin embargo, ya que tenemos momentum, no cuesta trabajo. Una vez que hemos alcanzado más velocidad gracias al poder que nos brinda este engrane, pasamos a tercera, y así hasta la cuarta o quinta velocidad.
La óptica: uno puede vivir tranquilamente con saber qué hay a su alrededor —hasta donde puede ver— caminando o transportándose de un lado a otro, como lo hace cotidianamente. Pero si tuviera idea de cómo se vive un poco más allá, podría ver su vida en términos comparativos. Y si pudiera enterarse de qué sentían, qué pensaban y cómo vivían los seres humanos no sólo en otros lugares sino también en otros siglos y culturas, cada elemento de su vida adquiriría mayor profundidad: se sabría parte de un proceso mayor y mucho más rico de lo que había sospechado.
La lectura da esta perspectiva, este poder, mientras nos saca de la vida en primera, para vivirla en cualquiera de las otras velocidades, según el momento, nuestro deseo o exigencia. La lectura nos da esa libertad, nos potencia para vivir más libres.
sandrocohen@prodigy.net.mx
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