El hecho de que la lengua siempre esté en evolución parece el pretexto perfecto para no acercarse a conocerla de fondo. ¿Para qué aprender reglas si todo va a cambiar? Además —argumentan los más flojos— ¿quién dice qué es correcto?
Concedo que el idioma evoluciona. Concedo que la idea de lo correcto y lo incorrecto es sumamente relativa. Pero de ahí a decir que no hay niveles, que no hay diferencias —que todo se vale—, hay mucho trecho. Lo fascinante, en todo caso, es examinar los cambios y las diferencias para descubrir su naturaleza, su razón de ser.
La lengua española tiene aproximadamente mil años de existencia. No son pocos. La mayoría de los idiomas, como tales, no llegan a tanto, sobre todo aquellos que no tienen una literatura escrita, y menos los que carecen de alfabeto. Las lenguas vivas y pujantes de la actualidad nacieron antes que Gútenberg inventara la imprenta. El español, por ejemplo, ya tenía unos 450 años cuando esto sucedió. Y ha madurado unos 550 años desde entonces. Pero si echamos un vistazo al español que se escribía de aquel lado de la invención de la imprenta, y el que se escribía ya de este lado, hay una gran diferencia.
De aquel lado el español puede resultar punto menos que indescifrable. Reconocemos muchas palabras, como sucede con el portugués o el francés, pero con frecuencia se nos escapa el sentido. La sintaxis es bastante rara y desconocemos muchas palabras. El Poema de Mío Cid, por ejemplo, data de mediados del siglo XII o principios del XIII. Empieza así: De los sos ojos | tan fuerte mientre lorando / tornava la cabeça | y estava los catando. / Vio puertas abiertas | e uços sin cañados, / alcandaras vazias | sin pielles e sin mantos // e sin falcones e sin adtores mudados. / Sospiro mio Çid | ca mucho avie grandes cuidados. / Ffablo mio Çid | bien e tan mesurado: / «¡Grado a ti, señor, | padre que estas en alto! / ¡Esto me an buelto | mios enemigos malos!».
Hay algunas frases y oraciones que sí entendemos, por lo menos a medias, pero aun leyendo con cuidado y varias veces, muchas ideas se nos escapan sin notas o una traducción al español moderno. Pero veamos el inicio de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”. Aquí no hay nada que no comprendamos. El Quijote tiene 400 años. Cuatrocientos años también separan al Poema de Mío Cid del Quijote, pero estos cuatro siglos son una eternidad en comparación con los que median entre el libro de Cervantes y su lector actual.
El hecho es que, por alguna razón, la evolución del español —ya desde la época de Cervantes— no corre tan aprisa. Y considero que su paso evolutivo se ha vuelto cada vez más lento, pues los cambios importantes en sintaxis y gramática han sido poquísimos; sólo el léxico sigue evolucionando —más bien engordando— sensiblemente, pero lo hace sobre una estructura que no ha sufrido cambios importantes en, literalmente, siglos. La pregunta que nos interesa, y que trataré de plantear honestamente la próxima semana, es por qué.
|