¿Cómo llegamos a esto? Cuando los presidentes actuales de México y Estados Unidos asumieron sus mandatos, el panorama prometía mucho en términos culturales, económicos y hasta políticos (entiéndase migración). Ahora estamos al borde de no sólo una guerra, sino de por lo menos dos: la primera entre los intereses vitales de México y los dos Estados Unidos; la segunda, entre los norteamericanos que ven la inmigración como algo positivo, enriquecedor, y aquellos que la ven como una gran amenaza a su economía e identidad.
Lo primero que echamos por la borda en esta preguerra ha sido la posibilidad de aumentar los entrecruzamientos culturales entre nuestros dos países, que comparten tres mil 200 kilómetros de frontera. Esto es decir mucho porque los que existían antes del 11 de septiembre de 2001 ya eran mínimos.
Tenemos más contactos e intercambios con Francia, España, Canadá (sobre todo Québec) y Colombia —para mencionar los cuatro países que, sin pensarlo mucho, me vienen a la mente—, que con nuestro vecino inmediato hacia el norte. (Ni hablemos de ver hacia Guatemala; pareciera que para las autoridades mexicanas, ese país sólo existe como proveedor de maras salvatruchas).
Y ahora los dos países están enfrascados en sendos años electorales. Aquí se juega la presidencia, la Cámara de Diputados y parte del Senado. Allá no se votará por un nuevo presidente aunque sí se renovarán las cámaras, y el tema de la migración es el más candente después de qué hacer en y con Irak. El New York Times, sin que sea el periódico de la izquierda —como lo es La Jornada en México—, es una voz de apertura, cordura y moderación en un mar de medios poderosos que tienden fuertemente hacia la derecha. Llama la atención, entonces, que este periódico haya lanzado, a 13 arquitectos de renombre, una convocatoria para que imaginen cómo podrían diseñar ese muro que en México muy pocos quieren, pero que será casi inevitable, en vista de que ambas cámaras norteamericanas lo han aprobado, sólo que en dos extensiones diferentes (el Senado pide 595 kilómetros; la Cámara, mil 123).
Respondieron cinco de los trece. De estos cinco —no sé si se trata de los más creativos, imaginativos o buena onda— cuatro imaginaron muros que en realidad no son sino metáforas de integración y cooperación. El quinto imagina un muro de tierra que, a pesar de ser un muro de veras, parecería un espejismo estético, nada ofensivo u hostil. De los otros cuatro destaca el diseño del mexicano Enrique Norten, quien imagina una red de puentes: arterias vitales que entrelazan ambos países. (¿De cuál fumó?, podría preguntarse uno). Bellísimo es el de Eric Owen, “El bosque de vidrio” (véase la foto), que son columnas de luz, debajo de los cuales —en túneles libres de narcotráfico— habría museos y exposiciones culturales. También hay un muro que en realidad son paneles solares (James Corner), y un muro de “vibrantes ciudades fronterizas” que sean a tal grado exitosas, que ya nadie querría arriesgar su vida para ser inmigrante sin documentos.
¿Cómo llegamos a esto? Más que preguntar, habría que exclamar: “¡Cómo podríamos llegar a esto!”.
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