Cuando se estrenó Brokeback Mountain en Estados Unidos, pocos habían leído el relato de Annie Proulx; tal vez por eso Scribner lo sacó en forma de libro, estirándolo a 64 páginas… Ésta es la versión que leí, importada ex profeso de Nueva York; la original había salido en un número del New Yorker de 1997, y luego el relato fue recopilado en Close Range: Wyoming Stories (1999).
Ya que pasó la fiebre de los Óscares —Brokeback Mountain sólo ganó una estatuilla para Ang Lee como mejor director, y también para la mejor pista sonora y mejor guion basado en una obra previamente publicada—, vale la pena hablar del relato en función de la película, y de ésta en función de la literatura.
Casi siempre, cuando uno lleva a cabo estos ejercicios, debe reconocer que una cinta es “buena”, pero que el libro es “infinitamente mejor”. Aquí no. Pocas veces he visto una película tan fiel al contenido de una obra literaria. En este caso, la fidelidad de la versión fílmica rebasa la mera reproducción —hecho por hecho, diálogo por diálogo, escena por escena— del relato. Parte de su fidelidad, como sucede con cualquier buena traducción, reside en que el director y los guionistas —Larry McMurty y Diana Ossana— supieron cuándo dejar de ser fieles, o más bien literales.
El relato es al mismo tiempo complejo y sencillo, conmovedor y seco, hermoso y sórdido, regocijante y trágico. Los artífices de la versión cinematográfica supieron traducir a imágenes y sonidos —y los actores, a miradas y gestos— lo que Proulx revela mediante su voz narradora (una tercera persona omnisciente que sin esfuerzo aparente entreteje diálogos —nunca reconocidos tipográficamente como tales— con atisbos certeros a la profundidad de un par de almas tan torturadas como, en el fondo, inocentes).
Hay, desde luego, hallazgos narrativos del relato que son imposibles de llevar literalmente a la pantalla. La manera que tiene Proulx, por ejemplo, de exponer las emociones más desnudas de sus personajes mediante una imagen, un símil o una metáfora, no puede ser apreciada visualmente sino de manera vaga, como sensación. Pero el cúmulo de estas sensaciones, a lo largo de la película, llega a producir un efecto en extremo parecido. Los diálogos de la autora, por otra parte, son tan naturales que muchos pudieron ser trasladados, casi palabra por palabra, al guion sin que jamás suenen forzados. Y los guionistas pudieron llevar felizmente a diálogos de tono similar mucha información que Proulx, en su relato, transmite por medio de la voz narradora, y no en diálogos.
Lo peor de la película es cómo tradujeron el título: Secreto en la montaña. Tal vez sea peor aun cómo Scribner tituló el relato: En terreno vedado. ¿Cuándo entenderán nuestras distribuidoras que no es necesario que un título explique o resuma el contenido de un largometraje? Brokeback Mountain es un lugar. Deberían dejarlo así.
|