Teorizo: las lenguas actuales de vida pujante, como el español, se han transformado poco a partir de la invención de la imprenta si comparamos estos cambios con los que el idioma sufrió antes de la invención de la imprenta. En otras palabras, considero que la evolución de los idiomas se ha vuelto mucho más lenta gracias, en primer lugar, a la imprenta. Y cuantos más libros hubo en circulación entre gente lectora —y escritora— más dilatada ha sido la evolución del idioma. Es así por el natural antagonismo entre las propiedades del lenguaje hablado y el escrito. El hablado es de naturaleza innovadora; el escrito, de naturaleza conservadora.
Cuando la gente de alguna comunidad lingüística habla entre sí sin el súper yo de escuelas y gramáticas y presiones sociales de fuera, pueden suceder dos fenómenos. O la lengua se estanca, como puede verse en pequeños pueblos aislados de la sierra, o —si se trata de comunidades con poder económico— se transforma velozmente gracias a las necesidades expresivas de los hablantes, que por necesidad avanzan a la par de otras necesidades e imperativos sociales y económicos. Aunque en todas las regiones idiomáticas de lenguas pujantes actuales aún existen reductos donde parece que el idioma se ha estancado, en general sucedió lo otro: evolucionaron rápidamente hasta que los libros llegaron a frenar su desarrollo meteórico.
Así, existe un antagonismo natural y sano entre el lenguaje hablado y el escrito, que fija y preserva. Con libros aprendemos lo que es correcto e incorrecto, sea esto aconsejable o no. Los libros establecen quiénes son las autoridades, a quienes tendemos a imitar, a tomar como modelos. Si el Quijote es aún perfectamente comprensible para nosotros, aun con sus peculiaridades y 400 años de antigüedad, la literatura de hace 200, 150 y 100 años es, salvo por cuestiones léxicas, casi indistinguible de la nuestra en cuanto a su estructura gramatical y sintaxis. (Lo repito: lo que las diferencia rápidamente es el léxico, pues éste refleja, entre otras cosas, la tecnología de la época en cuestión.) Y lo que ha venido a frenar todavía más el proceso han sido los medios electrónicos. Primero el teléfono, y luego la radio, la televisión, y —más recientemente— el internet.
Muchos puristas se quejan de que el lenguaje del internet está volviendo a los jóvenes flojos y descuidados para con el idioma. Se recibe esta impresión porque, más que nada, el idioma escrito del internet, el chat, es un lenguaje netamente oral transcrito tal cual, hasta con atajos taquigráficos (como igual sucede con el chat telefónico). Sólo sirve para la comunicación inmediata, prácticamente efímera, entre conocidos. A diferencia de los puristas, no me preocupo porque estos mismos jóvenes saben que para comunicarse con un público más amplio que sus cuates, deben dominar el arduo oficio de la redacción, y eso requiere preparación, pensamiento, tiempo y algo de paciencia. Hay quienes hablan desordenadamente, pero escriben que da envidia. Ser ducho en el chat no excluye la posibilidad de escribir bien en términos más formales. Es cuestión de discernir entre lenguajes, habilidad nada despreciable.
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