 Hojeo un catálogo de Mónica Romo, pintora nacida en la ciudad de México y avecindada en Zacatecas. A pesar de que hay una gran diferencia entre apreciar una pintura en persona y hacerlo en fotografía, el colorido estrujante, la vastedad y fecundidad de los trazos, las formas enérgicas de esta artista, su vigor indomeñable, estremecedor, telúrico, me hacen pensar en la dificultad que para una mujer significa consumar una obra de arte. En efecto, la mujer tiene todo en contra para ser artista. Aunque haya padres conscientes que estimulen en sus hijas el amor por la creatividad artística, lo más probable es que la maternidad —cuando no el marido celoso y represor— las aleje de ese camino. En comparación con los varones, se cuentan con los dedos de una mano las mujeres que construyen una obra. Si para un hombre es difícil, para una mujer se quintuplican los escollos. Y de pronto este contubernio que va del individuo a la sociedad, se advierte en la misma obra. Es como una camisa de fuerza. Basta con escuchar el álbum de dos compactos: Chamber Works by Women Composers (VoxBox), que incluye música de Klara Schumann, Amy Beach, Teresa Carreño, Lili Boulanger, Fanny Mendelssohn, Germaine Tailleferre y Cecile Chaminade. Espero ser injusto, pero sólo las obras de Teresa Carreño (venezolana nacida en 1853 y muerta en 1917) se salvan. Lo demás es, un poco más, un poco menos, melcocha, música sin pujanza ni relieve (ojo, me estoy refiriendo a la música que contienen estos dos discos). Compositoras del siglo XIX que con muchas dificultades desplegaron las alas para caer enseguida. Aunque esto no quiera decir que la figura de muchas de ellas no sea notable. ¿O alguien podría negar la importancia de Klara Schumann como pianista, o de Lili Boulanger como pedagoga? Cuán largo ha sido el camino que en música han tenido que recorrer las compositoras. Sólo así es posible explicarse la virulencia de una Gabriela Ortiz, o, un poco más atrás, de una Guadalupe Olmedo —ese gran enigma de la música en México.
Releo Vidas escritas (Siruela) de Javier Marías. Es un deleite leer a este hombre. Además de su prosa deliciosa —tan antisolemne, tan desparpajada—, tiene una habilidad envidiable para destacar de cada autor determinados rasgos de su carácter que provocan una franca carcajada o de plano un dejo de conmiseración. Y esto en tres cuartillas, a lo sumo; pero con eso le basta para delinear genio y figura. Y no puede uno menos que sonreír cuando se entera que Joseph Conrad se encabritaba verdaderamente si, por ejemplo, se le caía la pluma al momento de estar escribiendo (tenía las manos muy grasosas); tanto, que antes de recogerla ya se había paseado por su estudio profiriendo maldiciones. O que Arthur Conan Doyle le propinó un golpe a su hijo adolescente cuando se atrevió a comentar la fealdad de una mujer que había visto en la calle: “¡No hay mujeres feas!”, sentenció. O que Maupassant recibía a sus amigos acompañado de una mujer vestida únicamente con un antifaz. O que Turgueniev no sólo comía de la mano de una mujer, conocida como “La García”, sino que lo ponía a bailar como primate frente al público.
Tengo una mujer a mi lado que me ha prohibido escribir su nombre. Dice que su marido la va a identificar. Está bien. La respeto. La invito a beber un trago a La Jalisciense. Es terriblemente lasciva. Casi un insulto. Vete al baño y regresa sin brasier, le digo. Cosa que hace al instante. Viene de regreso y sus senos turgentes destacan por debajo de la blusa. Aprovecho cuando nadie nos mira para tocarlos. Es como tocar dos panes recién salidos del horno. De aquí en adelante serás la mujer X. Sonríe, saca la lengua y se relame los labios.
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