
Agarro carretera rumbo a Cuernavaca. Por la libre. Me encanta la sensación de los camiones que vienen por el carril opuesto. Acelero cada vez más. Rebasar me excita tanto como ver una mujer mientras se desnuda. Llevo bajadas las dos ventanillas del carro. El aire que entra es tonificante. Me colma de vigor. Hago esto cada vez que puedo. Conforme se avanza, la carretera se va volviendo menos concurrida. Y dan ganas de correr más. Y corro más. Y más. Corto las curvas como si fuera en línea recta. Pico el freno si la curva es demasiado pronunciada. Acelerar es vivir. Pero entonces me sobreviene —desde el estómago mismo, desde las entrañas mismas, desde el corazón que me rebota como tambor de guerra—, me sobreviene una extraña sensación, inevitable como el sudor: quebrar el volante cuando viene un camión y estrellarme de frente. Desaparecer. Desaparecería yo tan rápido. Más rápido todavía que si pusiera una pistola en la sien y disparara. No tiene nada que ver, pero esa sensación la vivo muy seguido cuando escribo, cuando selecciono todo el texto y aprieto el supr. Todo desaparece como el olor de la mierda. Que eso y no otra cosa es mi literatura. La sensación es tremendamente voluptuosa. Más aún: creo que los originales de las dos novelas que he perdido ha sido en gran parte a propósito. Si uno nunca publicara una línea, mejor; si nunca le diera uno aquel beso a esa mujer, mejor. Siempre será preferible no haber remontado esa montaña. De tanta concentración permanecer en la inmovilidad absoluta. Eso diferencia a un príncipe del fracaso de un mendigo del éxito. Dos extremos que difícilmente podrán compartir una mesa, una mujer, un vino. De un escritor convencido de su talento que busca triunfar y triunfa (no duda en marcar aquel teléfono para conseguir una publicación, y se la dan; no duda en postularse a sí mismo —vía la esposa, la amiga o el amante— y presionar para recibir un premio, y se lo dan; no le intimida anunciarse como gran escritor, y se lo creen, y él lo cree, y sube como la espuma), de un escritor que se autoperfila como maestro esquina con biógrafo de sí mismo a otro que desconfía de lo que escribe en la misma medida que una rata desconfía del agujero por donde va a sacar la cabeza.
Comemos la mujer X y yo en una cantina de la Obrera. Va toda de negro. Y toda es toda. Lleva medias de las que se ajustan al muslo. Pedimos tequila reposado —autorizado por mi diabetóloga— y dos tortas: para ella de pulpo, para mí de jamón. Toco sus piernas y sutilmente le levanto la falda. Se sonríe y me quita la mano. Nos quedamos de ver con Alfonso Soriano, pintor de Oaxaca. De pronto llega. Desde que sus ojos se posan en ella, no puede dejar de mirarla. Pide una cerveza, luego otra. Es un tipo atormentado. Quiero decir, trae una tormenta atravesada. Bulle por dentro. Deliberadamente me levanto al baño. Es un placer platicar con una mujer como esta mujer mía. Regreso y lo encuentro radiante. Poncho me invitó a que pose para él. Ni madres, le digo. Seguimos bebiendo. Brindamos. Una vez más, mi mano va directo a sus muslos. Una vez más se sonríe pero ahora no me quita la mano. Saco mi puro y ella me pide uno. Lo lame antes de fumarlo. Entonces Poncho extrae un cuadro de una bolsa y me lo da. Lo hice para ti, confiesa. Es nocturno. Varias parejas bailando en un faje cabrón. Al fondo, una fuente de luz inextinguible. El Savoy, una noche cualquiera. Pienso que algún día mi corazón dejará de latir. Lo que ocurrirá cuando se canse, cuando me entierren una navaja o cuando la mujer X se vaya de mi vida.
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