 La cara me duele como si me hubieran agarrado a trompadas luego de la crisis hipoglucémica que sufrí el viernes 14 y que se prolongó hasta hoy mismo. Las enfermedades nos restriegan nuestra fragilidad, nos recuerdan que en cualquier momento no queda de lo que fuimos ni un bocadillo acre para los gusanos. Y tantas cosas que restan: declaraciones de amor, tragos con los amigos, charlas con el padre muerto, visitas a las tierras prometidas (San Cristóbal las Casas, Mérida, San Baltazar Atlimeyaya), juegos con los hijos... hasta meterle el pie a un ciego en el Metro.
Capto en un canal un corto viejísimo, que ha de tener 70 años. O más. Se trata de un pianista que interpreta Dr. Gradus ad Parnasum de Debussy. El pianista toca un Debussy demencial —nunca había escuchado yo tocar Debussy de esa manera—, que en forma rotunda evoca el pensamiento de un niño; el pianista toca, pues, y, para mi sorpresa, por unos segundos la cámara viaja hasta una niña que acompaña al maestro: una pequeña como de cinco o seis años que bajo el influjo de Debussy juega con sus muñecas, con un oso de peluche, con un pizarrón donde traza figuras. La cámara regresa al pianista e identifico entonces, en una ráfaga de lucidez, que así como vino se va, a Alfred Cortot, uno de los grandes del piano. Cuando termina, alguien disculpe usted explica que nos hayamos salido del aire concluye por causas ajenas a nosotros. Yo agradezco eso, y ojalá se salieran del aire más seguido. Y me pregunto por qué no incorporar al paquete básico de Cablevisión un canal que transmita videos de música clásica, si existen los de música roquera/pop y los salseros. Y por qué no hay por radio una hora de complacencias: ¿me podría poner la Cavatina del cuarteto 13 de Beethoven dedicada con todo cariño a la mujer X, o el Allegro aperto del 5º. concierto para violín de Mozart dedicado a Míriam Aragón, o el Andante del trío opus 100 de Schubert dedicado a Angélica García? En fin, el único requisito para pedir un movimiento sería que fuera dedicado a una mujer.
Doy una charla en Almoloya. ¿Qué tema?, me preguntan. No hay más que uno: la literatura y la vida. Los señores que están en Almoloya saben más de esto que yo. Me previenen que no lleve ropa beige, negra o azul marina, ni tenis, pants o botas (¿temerán un homenaje a Fox?). Está bien. Pero eso sí: llevo conmigo una botella de vino tinto, que consumo en el camino. No se llega a la literatura por herencia, en forma natural, como se llega a la música, les comento a los que generosamente se han dado cita para escucharme. Se llega porque de pronto la vida pone a esa persona contra la pared y lo obliga a escribir para no volarse la tapa de los sesos. Por eso la literatura verdadera toca el sufrimiento, la desolación, la desdicha, la soledad, temas que les competen a todos los hombres, temas surgidos del corazón y que hacia el corazón van a dar, que atraviesan la vida como agujas y no precisamente de acupunturista. ¿Una prueba? El escritor no tiene memoria de lo que ha escrito porque no lo ha hecho naturalmente (a la inversa del músico, cuyo poder nemotécnico no deja de asombrar). ¿Otra? Padres músicos tienen hijos músicos (la historia está llena de ejemplos), que, cuando menos en su mayoría aplastante, no entran en conflicto por serlo, simplemente lo son y ya: vieron a sus padres hacer música y ellos hacen música, del mismo modo que un hijo carpintero ve a su padre hacer muebles y él hace muebles; en cambio los hijos escritores de padres escritores siempre se lo pasan sufriendo, con la sien en la pistola. Pero hay más: curiosamente la música y no la literatura se encarga de sanar las heridas que provocan aquellos sentimientos terribles. ¿O habrá quien no haya expandido su tórax de paz y esperanza luego de escuchar la sinfonía Júpiter de Mozart, o el poema sinfónico Mi patria de Smetana? Más bien, una de las grandes enseñanzas de la literatura es que nos quita de encima ese barniz protagónico de asumirnos como centros del mundo. Creemos que nuestro sufrimiento es el más atroz hasta que leemos Humillados y ofendidos de Dostoievski, o que nadie ha padecido enfermedades tan horribles como las que llevamos a cuestas hasta que cae en nuestras manos Pabellón de reposo de Camilo José Cela, o que la soledad que nos abruma es incomparable hasta que no leemos El libro vacío de Josefina Vicens*.
*Josefina Vicens (1911-1988) en la foto.
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