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| Andanzas eusebianas |
| Columna semanal |
| Eusebio Ruvalcaba |
 Me visita un joven periodista de nombre Carlos Guerrero. Anda haciendo un reportaje sobre pulquerías. Le digo que se equivocó. Yo de pulquerías sé bien poco, pero para que no se vaya con las manos vacías saco una botella de vino y nos la bebemos al calor de Wagner. Le pongo Las Walkirias y su corazón se inflama. Le digo que así como hay libros que, según Vasconcelos, habrían de leerse de pie, lo mismo pasa con alguna música. Y ésta de Wagner es un ejemplo perfecto. Pero él insiste en el tema de las pulquerías. Entonces lo trepo al carro y lo llevo a Carrasco, a la pulquería clandestina que ni nombre tiene y que está enclavada en el corazón de una vecindad. Se encuentra llena —caben cuatro gentes— y le pido a la señora dos curados de apio. Nos los sirve como se acostumbra en esa pulquería: en sendas cubetitas de plástico que aún conservan su asa de metal y de las cuales se bebe directamente. Entonces le sale a este muchacho la enjundia periodística y se pone a entrevistar, con grabadora y micrófono en mano, a la señora y a los briagos. “¿Cuántos pulques lleva?”, le pregunta a uno, o “¿Qué me puede decir del pulque?”, le pregunta a otro. Con trabajos, los profesionales levantan la cabeza e intentan hilvanar un par de palabras; salvo uno, que en vez de respuesta le mienta la madre con un silbido. “Ya vente, güey”, le digo, y lo jalo. Le pido a la señora que nos vacíe el pulque en una bolsita de plástico con su popote. Cosa que hace enseguida.
No hay nadie en casa. Escribo y me llevo a la nariz el brasier que me dio la mujer X para que me acordara de ella. El olor es fascinante. Toda ella está concentrada ahí. Esta hermosa pieza de lencería tiene lo suyo, y una sola copa es suficiente para cubrirme nariz y boca por completo. Paso mi lengua por él. No sólo me acuerdo de ella, sino que provoca en mí el llamado de la selva.
Le leo a mi hija Érika Coral el poema “Primavera” de Villaurrutia. “Oh sí”, me interrumpe cuando alguna parte del texto la sobrecoge. Porque este poema produce en el lector la misma sensación de alegría y amor festivo que produce la estación cuando al fin sobreviene. Sé que Xavier Villaurrutia se ha incrustado en el alma de mi hija.
eusebius1951@cablevision.net.mx
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