|
You need the Flash Player version 9.0.0.0 or higher and a JavaScript enabled browser to view this site
| Andanzas eusebianas |
| Columna semanal |
| Eusebio Ruvalcaba |
 Viena se me figura una mujer, un ser complejo e imprevisible, de reacciones insospechadas. No conozco Viena —nunca he puesto un pie más allá de cualquier frontera de este país, y espero no hacerlo jamás—, no la conozco pero me la imagino. Las descripciones que mi hijo Alonso me ha hecho de la magna ciudad, han contribuido en gran medida a que me haga una idea. Pero la comparación con una mujer viene a colación por la música, no por su magnífica distribución urbana ni menos por sus fastuosos palacios. Ahora mismo estoy leyendo Viena, una historia musical (colección Paidós de música) de Henry-Louis de La Grange, y esta lectura me ha permitido embeberme del espíritu musical que ha caracterizado esta capital desde Gluck a nuestros días (se entiende que hay otros compositores anteriores, pero digamos que Gluck marca el inicio del gran auge musical vienés). Es insólita la pasión con que Viena se ha entregado a sus músicos, pero asimismo el desprecio con que los ha tratado; e igualmente insólito es el estoicismo con que los compositores ultrajados han soportado las veleidades vienesas. Si ya de por sí Viena, una historia musical es un libro fascinante, escrito en un estilo tan ligero como provocador —al punto de que no es posible suspender su lectura, sobre todo a partir de la aparición, precisamente, de Gluck—, si ya de por sí es un texto que lo mismo atrapa al lector profano que al erudito, y que, cosa muy importante, lo mismo ofrece una visión decantada y poco manida de la sociedad en sus diversos estratos que de las animadversiones que tuvieron que afrontar los más altos compositores, si ya de por sí es eso y más, la lectura de este libro no deja de evocar a los príncipes de la condición femenina Tolstoi y Flaubert (y cómo no pensar en Nabokov y Dickens) por esa encrucijada que significa vivir, y que en buena medida la mujer ha encarnado hasta el límite. Y conste que en esa encrucijada la, permítaseme la palabra, volubilidad, tiene un lugar primigenio. A la vuelta del tiempo, uno se pregunta qué había en la mente de la sociedad vienesa que clavó agujas punzantes en los hombres que más satisfacciones le dieron. Y aquí por hombres entiendo Mozart, Beethoven y Schubert (no cito más porque hasta aquí va mi lectura). Siempre veleidosa, Viena les propinó una patada y los dejó morir solos, que se frieran en su pobreza, soledad y desesperación. Después de haberlos mimado y hacerles creer que tenían su futuro asegurado, las distinciones extraordinarias, los más redituables conciertos, el reconocimiento pleno (de crítica y público) siempre iban a parar a manos de los mediocres. Viena absorbía como una mujer toda la pasión, el ímpetu y la enjundia de los grandes de la música, los exprimía, y al final le jalaba la cadena al excusado. En fin, habré de ir comentando este libro, imprescindible para los amantes de la música, de los caminos tortuosos de la vida, o, para acabar pronto, del espíritu femenino. En mi casa mantengo a un futuro delincuente —o escritor, vaya usted a saber—, de nombre León Ricardo y de apellido Ruvalcaba (ocho años cumplidos). Le estoy leyendo La isla del tesoro y hay una parte en que el narrador nos dice que John Long Silver soltó maldiciones a diestra y siniestra. “¿Qué es una maldición?”, me pregunta entonces mi hijo. Y yo le respondo: “Pues es decir cosas horribles de las personas, o decírselas”. Entonces se queda pensando, dándole vueltas a una idea que le empieza a cruzar la mente, hasta que dice: “¿Es como si yo dijera maldigo a mi chingada esposa, carajo?”. Me río muchísimo. Nunca lo había oído decir una leperada.Mientras escribo estas líneas escucho la célebre sonata para piano a cuatro manos en do mayor Gran Dúo D. 812 de Franz Schubert, con Yaara Tal y Andreas Groethuysen. Y reflexiono el papel de la amistad en esta obra. Pocos músicos tan propensos al cultivo de la fraternidad como Schubert. No es posible tejer una biografía suya, imaginárselo cabalmente, sin la presencia de sus amigos, que los tuvo fervientes. Precisamente las llamadas schubertiadas no eran otra cosa que reuniones en las que se bebía, se comía en forma espléndida, se charlaba animadamente, y desde luego se hacía música. Gracias al espíritu festivo de Schubert, estos ágapes se traducía en estrenos de obras maestras. En virtud de que sus amigos cantaban o tocaban algún instrumento, Schubert componía para cada reunión lieder o bien música para piano a cuatro manos. (Esta música se toca en un solo piano, lo que obliga a sentir muy de cerca la presencia de la otra persona; cuando Mendelssohn tocaba a cuatro manos con Klara Wieck, la mujer de Schumann, el romántico e infortunado compositor —Schumann no podía ser de otra manera— ardía de celos.) Para muchos especialistas es inexplicable que Schubert haya compuesto más de 600 canciones de concierto (lieder); pero este hecho sobrenatural, visto bajo la óptica de la amistad, se torna comprensible.Son las siete de la mañana. Abro los ojos, me levanto, voy hasta la mesa de trabajo, saco mi tarjeta de crédito, tomo las tijeras y la parto por la mitad. De un solo corte. Al instante me siento libre; qué modo tan fácil de quitarme un peso de encima. De hoy en adelante voy a gastar únicamente el dinero que traiga en la cartera, si traigo, tal como lo hacía mi padre, y a dejar de angustiarme por los estados de cuenta. Y por los asaltos. ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Llevo alrededor de 25 años cargando esa cruz. ¿De qué pasta estamos hechos los hombres?
eusebius1951@cablevision.net.mx
|
|