 Le leo a mi hija Érika Coral “La estrella de Navidad” poema de Joseph Brodsky, extraído del libro Lo sagrado y lo divino (Joaquín Mortiz) compilación realizada por Leopoldo Cervantes-Ortiz. Se lo leo, pues, y me pide que le repita el último verso: “La estrella estaba mirando el pesebre. Y ésa era la mirada del padre”. Dice que lo va a memorizar y se lo lleva consigo.
Juego a la pirinola con mi hijo León Ricardo. Ponemos como pista un óleo que un pintor de Guadalajara le hizo a mi padre de memoria. Pero se asoma Coral grande y nos regaña a los dos (más a mí). Entonces le compro una cartulina blanca. León dibuja ahí su propia pista. Jugamos hasta que mis dedos no resisten más.
Me levanto a las siete de la mañana y salgo a caminar por las calles de Tlalpan. Se respira una soledad apabullante. No hay nadie en la calle, gente ni vehículos. Tlalpan es un pueblo, y a esta hora un desierto. Inhalo profundamente y entro en una especie de introspección profunda y enriquecedora. Feliz momento.
Escucho un disco de Vivaldi: Concerto grosso à 10 stromenti en re mayor RV 562a; Concerto per Sua Altezza Reale di Sassonia en sol menor RV 576; Concerto en fa mayor RV 538 y Concerto en fa mayor RV 569 RV 576, pero lo que ahora quiero destacar es no sólo la gratísima sorpresa que siempre me produce la música de este grande del violín, sino una extraña circunstancia. Sucede que en algún momento oprimí la tecla de repeat y, sin percatarme, estaba yo tan concentrado en mi trabajo, que, sin darme cuenta, aquella música empezó a repetirse incesantemente. Una y otra vez. De pronto advertí que habían pasado más de tres horas, y que yo había dejado de distinguir dónde principiaba y terminaba aquel alud de notas (algo que le preocupa a todo el que escucha música). Entonces todo ese sonido se constituyó en una unidad perfectamente imbricada. No había principio ni final. Sólo estar ahí, en el corazón de la música misma. Lo cual significó, por otra parte, que se derrumbara la estructura musical que ha permeado la historia del arte del sonido desde el siglo XVII hasta nuestros días. Cero exposición, cero desarrollo, cero orden convencional de tiempos. Toda la música fluía en una especie de río caudaloso e interminable.
¿Puedes verme hoy?, me pregunta la mujer X. Claro que puedo. La invito a la presentación del libro de un amigo. Paso por ella y me llama la atención su bolsa de mano, por lo grande y abultada. Llegamos hasta el auditorio La Casa del Tiempo, donde se habrá de llevar a cabo la charla, y de pronto abre su bolsa y me dice: “Mira qué traigo”, y como si se tratara de un cofre de tesoros, extrae una botella de vino Sangre de Toro, dos vasos metálicos miniatura, queso, galletas habaneras, un cuchillito, servilletas y el indispensable sacacorchos. “¿Nos echamos un sorbo antes de entrar?”, me pregunta, y yo simplemente tomo la botella y la abro. Pongo el caset de la sonata de César Franck para violín y piano (la más bella sonata escrita hasta ahora para esta dotación), lleno los vasos y empezamos a beber, empecinadamente, ahí, estacionados en la colonia Roma. Le platico entonces lo que significa la tenacidad en un hombre. De esa voluntad que le permite a un hombre sin méritos, como yo, estar con ella en ese momento. De que abra los ojos para que advierta mi mediocridad. La sonata de Franck transcurre y levanto la falda de la mujer X. No mucho, siempre hay un mirón cerca —y qué bueno que lo haya—, pero sí lo suficiente para admirar un liguero negro. Me inclino y muerdo una liga, la que me queda más cerca. Y enseguida muerdo su muslo. Ella grita, se carcajea y muerde mi oreja. Y bebe. Y bebo yo. Aspiro aquel aroma que devuelve vitalidad a mi sangre; me incorporo, observo la botella y advierto que el nivel ha bajado ostensiblemente. Casi hasta el fondo. A la velocidad de nuestros escarceos. También la sonata ha terminado. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Cuánto tiempo se tarda un hombre en morder a una mujer? Lo ignoro. Pero un poco más allá creo distinguir a mi amigo. Va saliendo de la presentación. Juro que mi intención era haberlo acompañado, pero, hasta donde sé, no se puede estar en dos lugares al mismo tiempo.
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