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Andanzas eusebianas
Columna semanal
Eusebio Ruvalcaba
http://www.unasletras.com/v2/../data/204.viena.jpg


C
ompro un dvd pirata de una película de la cual no tengo la menor información: Réquiem por un imperio de Istvan Szabo, y a la vuelta de unos cuantos minutos ya estoy convencido de que se trata de una obra maestra. Es la historia del infamante proceso interrogatorio a que fue sometido uno de los más grandes directores de orquesta de que se tenga memoria: Wilhelm Fürtwangler (1886-1954), por suponérsele vínculos con el nazismo. El mayor que se encarga de interrogarlo —un zafio exvendedor de seguros  estadounidense— es absolutamente una bestia. De hecho, posee todas las características de la prepotencia militar, cuyo fundamento es humillar al semejante que no comprende, máxime si es artista o intelectual. Pero, cosa curiosa, precisamente por esos días estaba yo leyendo en Viena, una historia musical de Henry-Louis de La Grange, ese extraordinario libro que no me canso de recomendar, sin duda el texto más inteligente dedicado a la música que en este momento se puede conseguir, estaba yo leyendo: “(...) pero de momento esta aparición es aislada, pues la actividad (...) queda interrumpida por la comisión estadounidense encargada de investigar el pasado político de ciertos artistas comprometidos con el régimen nazi”. Así, este imbécil Steve Arnold (Harvey Kiethel) no se detiene hasta que no velapidada la personalidad de Fürtwangler. Finalmente no logra inculparlo, pero cuánto goza acorralar al célebre músico. Hasta la azúcar me subió.
 
Rumbo a Tlalpan, sobre Insurgentes, paso en el auto delante de una mujer que está esperando su camión. Le hago la típica seña de que si no quiere que la lleve, se me queda viendo, se sonríe, se acerca y se sube. Su nombre es Leonor. Caray, le digo, qué hermoso nombre. ¿Te gusta? Ajá. ¿Adónde vas? Voy a mi casa, vengo de trabajar. Así se llamaba mi abuelita, le digo. Pero además la palabra en sí es muy bella. ¿A qué te dedicas?, me pregunta. Compro y vendo automóviles, plumas, relojes, discos, ¿por qué? Pues porque te llaman mucho la atención las palabras. Bueno, sí, le digo, mi papá era escritor. A lo mejor has oído hablar de él. ¿Cómo se llamaba? Luis Spota. ¿Spota? Pues no, la verdad, no. No importa, le digo. ¿Qué oyes? Emma Shapplin, su primer disco, Carmine meo. ¿Te late? No sólo me late, me encanta. Es totalmente seductor. Y nada comercial, agrego. ¿Tienes prisa? No tanta, ¿porqué? Porque me latiría invitarte un traguito. Ya que te subiste, pues vámonos haciendo bróders. Se sonríe —una vez más, creo que es su quinta o sexta sonrisa— y me dice que sí. Así que me clavo en el primer Sanborns. Pido una Beefeater y ella un desarmador (mal bebedora). Trabaja en un restaurante de comida japonesa. ¿Eres cocinera, hostess, o algo así? No, estoy en el área administrativa. Soy asistente de contador. Se toma su bebida y descubro un brillo en el centro de sus ojos. Hay un incendio allá dentro. Pido otra ronda, y a modo de cortesía, casi como un tic, acaricio su mano, pongo mi mano en la suya y la toco, una vez, otra vez, una vez más, hasta que ya no la quito de ahí.

Leo. Y leo. Estoy por concluir Viena, una historia musical y me empiezo a entristecer. Eso me sucede siempre que leo un granlibro. Tal vez me muera la semana entrante y no tendré oportunidad de releerlo.

Paso al taller del maestro Ernesto Ramírez a recoger elviolín de mi padre. Cómo me emociona entrar al establecimiento de un luthier. La emoción siempre es la misma. De alguna manera es como entrar al corazón de la música. Hay instrumentos por todas partes. Colgados en una vitrina mandada hacer ex profeso, se encuentran violines y violas de factura Ramírez, que compiten entre sí por atraer la atención del espectador. Y por aquí y por allá se distinguen las herramientas, los barnices, las piezas que conforman estos instrumentos. Pero no sólo la vista, también el olfato se excita en el acto. Porque la madera, las esencias, arrojan un olor característico que termina por sensibilizar aun al más inconmovible. La empatía de Ernesto Ramírez con el instrumento en el cual trabaja es contundente. Se embebe de aquella madera, de aquellas cuerdas, lo acaricia, habla con él, se deja conducir por él. Es comover a un jardinero sabio darle forma a un bonsái. Porque ésa es precisamente la relación que Ernesto Ramírez establece con los instrumentos: de comprensión y sabiduría, de comunicación de igual a igual; para él los instrumentos son seres animados a los que es posible amar. Aun, digamos, el violín más maltratado, luego de pasar por sus manos adquiere una vez más su belleza perdida. Es de maravillarse lo que la paciencia y conocimiento de un hombre como Ernesto Ramírez pueden hacer por el instrumento. Todo en él parece confluir hacia ese punto insondable de la naturaleza musical: la creación de un instrumento o la devolución de la salud a otro. Ernesto Ramírez es un hombre afortunado: trabaja con las manos, y eso, a mi modo de ver, lo torna superior. El resultado de su trabajo es evidente. Está ahí, delante de él, a la vista de todos. Y lo comparte. Por eso en su casa se respira la alegría del trabajo creador —trabajo que comparte, además, con su esposa Waltera, europea de origen que sabe de lauderismo; la vi barnizar la vieja madera del violín de mi padre—, satisfacción, ésta de crear belleza con las manos, de la que pocos pueden jactarse. Convencido de que sólo cuando existe la pasión atrás de la voluntad es posible sentarse a crear o reparar instrumentos musicales, salgo de ahí conel corazón henchido de orgullo. Mi padre habría sido buen amigo de Ernesto Ramírez.