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Andanzas eusebianas
Columna semanal
Eusebio Ruvalcaba (Fotos: Columba Rivas)
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Espero a Leonor a las puertas de su chamba. Entra feliz al carro. Me muestra un libro: Casi el paraíso de Spota. Mira lo que conseguí. Qué bonito escribía tu papá. Se las sabía todas. ¿Tú nunca has intentado escribir? No, le contesto. ¿Me lo firmarías? Como hijo de Luis Spota, bien puedes firmar los libros de tu papá. Bueno, a ver. Y le pongo: “A la sensibilidad literaria y humana de Leonor, una diosa entre los hombres. Eusebio Spota”. Estrecha el libro contra su corazón y me suplica que le invite un trago. Claro, los que gustes. Por cierto, lleva una minifalda que de inmediato me pone medio nerviosín. Es negra. Como sus zapatos de tacón. Creo que estoy llevando las cosas demasiado lejos. Una mentira lleva a la otra. Ojalá no lea estas líneas jamás. ¿Qué habría sido de mi vida si en lugar de un padre violinista hubiese tenido uno escritor?

Bajo la égida del vino y el adagio de la 7ª. de Bruckner, me lo paso evocando a la mujer X. La miro entrar y dirigirse hasta mí. Trae una falda con una abertura que le llega a la mitad del muslo. Las uñas de los pies, que dejan entrever unos zapatos negros de charol, están pintadas de rojo carmín. Cuando está a punto de besarme, desaparece.

Cruzo despreocupadamente una calzada y un auto está a punto de atropellarme. La culpa la tuve yo (como pasa casi siempre con los atropellados). Me vuelvo a mirar el vehículo y es un Alfa Romeo con placas del DF. ¡Qué delicia ser embestido por un Alfa Romeo! Hasta hace no mucho, era casi imposible ver un Alfa Romeo por las calles de este país; ahora ya es común, y lo mismo es posible admirar un Mini Cooper que un Volvo, un Bentley que un BMW en todas sus variantes. Pronto podrá verse aquel Austin Martin que hiciera famoso el sibarita Bond. O aquel Simca y aquel Hillman, cuyos retazos sobreviven en la memoria. En fin, si no es posible adquirir estos autos, cuando menos verlos ya es un deleite.

Con los discos que se tienen en casa pasa lo mismo que con los libros, que de pronto regresa uno a ellos y los redescubre o de plano descubre cosas espléndidas que habían estado ahí y que habían permanecido inadvertidas. Por eso la relectura, y desde luego la reaudición, son prueba de fuego —pues asimismo de cuántas “maravillas” no se deshace uno que al paso del tiempo se tornan monótonas o que simplemente se reblandecen como cartón mojado. Esto viene a cuento por un Cd de la casa Columbia que contiene fragmentos de 19 grabaciones maestras, entre los que hay piezas para violín y piano, cuartetos, sinfonías, óperas, poemas sinfónicos, obras para piano, cantatas, conciertos para violín, lieder, oberturas... Se intitula Highlights. Masterworks Heritage. Recomendado por un amigo conocedor, llegó a mis manos por una sola pieza: “Scherzo-valse” de Emanuel Chabrier, o, mejor aún: por el intérprete de esa pieza: Eugène Ysaÿe, el célebre violinista a quien las mujeres apodaban El León. Sin duda se trata de una ejecución de gran envergadura, pero lo que más llama la atención es cómo el estilo de Ysaÿe compendia un modo de tocar —que habría de alcanzar su punto más alto con Heifetz— en el que la técnica se recrea y se sujeta a los caprichos del intérprete. Pero en fin, escucho el disco una vez tras otra y se suman las obras espléndidas, que no había captado anteriormente: el lied “Sapphische Öde” de Brahms interpretado por el bajo Alexander Kipnis; el final de Don Quixote de Richard Strauss con Gregor Piatigorsky al chelo; el final del concierto para violín de Mendelssohn con Zino Francescatti; el vals 15 op. 39 de Brahms con Leon Fleisher al piano; el scherzo de la 2ª. sinfonía de Schumann con George Szell y la orquesta de Cleveland...

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