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Andanzas eusebianas
Columna semanal
Eusebio Ruvalcaba
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Concluyo la lectura de Pregúntale al polvo (Anagrama), novela de John Fante. Desde las primeras líneas es evidente que se trata de una novela magistral. Publicada en Nueva York en 1939, trepidante, dueña de un ritmo que va creciendo a pasos agigantados conforme su protagonista, el escritor Arturo Bandini, rasguña la corteza de la vida, la novela pide a gritos ser leída y tomar partido. ¿Está uno del lado de este hombre, cuyos sueños de triunfo lo elevan hasta más allá del Aconcagua y permean todo lo que toca, hasta volverlo infeliz donde otros son desdichados, y desdichado donde otros son felices? ¿Está uno con él en su forma despiadada de amar la vida, y de amar lo mejor de la vida, que es el arte y las mujeres? ¿Pero no es acaso un astro luminoso en decadencia, no es asimismo vituperado por Camila López, que en igual medida lo fortalece y lo destruye, al punto de dejarlo más inservible que un klínex usado? Obra maestra absoluta, paradójicamente no representó para su autor ninguna consolidación ni cristalización alguna. Más bien, lo dejó más pobre que cómo estaba originalmente: por tanto alcohol que le invirtió al momento de sentarse a escribirla.


Una vez más, paso por Leonor a su trabajo. “Te compré una botella de Beefeater, ¿vamos a mi casa?” No es posible. ¿De veras me habré vuelto tan inofensivo para que una mujer me invite a su casa a beber? Me hago del rogar un poco, pero ante la insistencia de ella termino por aceptar, no sin antes —“no me necees, no puedo llegar a tu casa con las manos vacías”— pasamos a comprar algunas carnes frías, quesos y pan negro. Vive en San Ángel, en una casita que está al fondo de una megacasa. Todo es pequeño en su espacio: la estancia, la cocina, el baño, su única habitación. La dueña es clienta del restaurante, y por eso la conocí. Ya tengo más del año viviendo aquí. Pero es increíble conmigo. Me consiente mucho, casi como si fuera su hija. Saca la ginebra y me sirve un buen trago. Luego otro. Es hermosa. Desde el lugar en el que estoy, alcanzo a ver sobre su cama un brasier negro. Pero entonces pasa lo que nunca tenía que haber pasado: de algún cajón extrae un montón de hojas. Mira todos los poemas que he escrito desde que te conozco, dice, como que me inspiraste. Nunca antes había escrito nada. ¿Qué te parece? ¿Te puedo leer algunos? Pero yo no sé nada de poesía. No te puedo dar ninguna opinión. No importa, eres sensible y con eso basta. Está bien, le digo. Entonces lee, y yo me dejo llevar por sus palabras. Su poesía es un torrente. Habla de muchas cosas. De pronto tiene caídas notables, pero aun así se defiende. Dentro de ese marasmo de palabras, la poesía pugna por salir. A ver, muestra, digo casi para mí. Me gusta éste y éste. Léemelos una vez más, pero antes déjame ver tus senos. Para digerir mejor tus poemas. Entonces se pone de pie delante de mí, y desabotona su blusa.

Invitado por el maestro Ulises Vidal, voy a Pachuca a dar una charla a la preparatoria David Alfaro Siqueiros. Inquietos, poseedores de una curiosidad envidiable, los alumnos quieren saber hasta el más mínimo pormenor que afecta el trabajo escritural. Cruzamos ideas, intercambiamos puntos de vista. El maestro Ulises Vidal y su esposa Alicia, que también es maestra en la preparatoria, enseñan su clase de literatura de un modo singular. Se lee, por ejemplo, Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco, y  se invita a los jóvenes a que vean un video sobre la época de Miguel Alemán, a que escuchen la pieza roquera sobre la novela, a que oigan el cedé de Pacheco, a que lean uno de los tantos poemas urbanos del maestro; es decir, van trazando en su imaginación un mapa de lo que esa obra significa. Por diferentes caminos se aproximan a la cima de Las batallas en el desierto, desde donde es posible mirar las cosas de otro modo. Reflexioné en que yo jamás tuve una enseñanza de ese tipo. Cuando pasé por la prepa, la misión de los maestros de literatura era alejar a los alumnos de la palabra escrita.

eusebius1951@cablevision.net.mx