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| Andanzas eusebianas |
| Columna semanal |
| Eusebio Ruvalcaba |
Me visita Jesús Rito Salinas, joven poeta de Oaxaca, y lo llevo a conocer el centro de Tlalpan. “Qué tranquilidad se siente aquí”, me dice. Sí, aquí lo único que pasa es que te matan en tu casa con toda tu familia. Y pienso en aquel sonado crimen que se cometió en el barrio. Entonces, a cambio de que me invite una Beefeater en La Jalisciense, lo llevo a conocer aquella casa. Frente a la fachada, se imagina uno a los cinco miembros de esa familia jugando parkasé, desayunando un domingo, todos en piyama, corriendo para ir a contestar el teléfono, viendo algún partido memorable... Le cuento a Jesús todos los detalles. Y cómo la gente anduvo frickeada, y, quién más quién menos, todo mundo echaba llave a la puerta —la costumbre era dejar la puerta entreabierta. Escucho Formas acuáticas (disco producido por Visión Azteca AC y distribuido por Quindecim), cuarteto de cuerdas de Leonardo Coral (1962-) interpretado por el Cuarteto de la Ciudad de México (Miguel Meissner [en la foto], violín primero; Sebastian Kwapisz, violín segundo; Mikhail Tolpygo, viola, y Sona Poshotyan, chelo). Se trata de un cuarteto estrujante, que semeja una fuente de vida. Sus cinco movimientos parecen narrar la historia de la pasión, o, mejor aún, de la mismísima condición humana. De un lirismo acendrado, por ningún lado se atisba la menor complacencia. Tan perfectamente arquitecturado como difícil y hondamente musical —su tercer tiempo, llamado “Vórtice”, es prueba de fuego—, exige de los ejecutantes no nada más la aplicación de todos sus recursos técnicos sino de su más profundo sentido de lo que se conoce como conjunto camerístico. Y de su musicalidad, sin duda. Pese a estar articulado por un lenguaje moderno, jamás cae en el regodeo inútil de la experimentación. Desde el primero hasta el último acorde, Formas acuáticas rezuma maestría.Paso a saludar al violinista Ernesto Gómez Prescencia. Escuchamos no menos de una docena de veces el quinto concierto para violín de Mozart. Al calor de unos cuantos traguitos —yo mi Beefeater, Ernesto tequila, anís, ron y vino tinto más unos añadidos etéreos que se cruzan en su camino—, descubrimos uno de los detalles inmortales de este concierto: que en el último movimiento, rondeau, la música transcurre en forma inusitada e imprevisible de un galante y convencional minué a un desatado y diabólico híper allegro a la turca (de ahí el sobrenombre del concierto: “Alla turca”), todo bajo el manto de un halo trágico (que anuncia el Don Giovanni), con lo cual Mozart le dio un vuelco a las formas convencionales de componer música concertante. Por eso es que este concierto resulta el más extraordinario de los seis de violín de Mozart (incluido el apócrifo sexto, llamado Adelaide). Pero habría que ser más específico: ninguno otro de los grandes conciertos de violín escritos hasta ahora hace suya la locura de este modo. Ningún otro sufre una metamorfosis semejante. “Franz Kafka es fresa comparado con este concierto”, me asegura Ernesto. Yo asiento, totalmente convencido.Me atrapa la lectura de una novela inédita: El aperitivo de los buitres de Raúl González Nava, joven escritor que aún no ha visto su nombre estampado en ningún libro. Apenas voy en la página 84 —de las más de 250 que conforman el manuscrito— y la novela ya me atrapó por completo. La muerte, verdadera protagonista de El aperitivo..., campea en cada una de sus páginas. Bien escrita, con personajes de carne y hueso, en una atmósfera que de pronto se torna densa y de pronto transparente, dotada de un negro sentido del humor y cierta corrosión que la vuelven, paradójicamente, entrañable —¿quién no está podrido por dentro?—, animada de un suspenso narrativo que deja muy atrás tantísimas novelas premiadas vía mercadotecnia editorial, ojalá, y es lo más probable que así suceda porque ésa es ley de la vida, esta novela sea publicada y cumpla su imbatible destino.Regreso a la casa de Ernesto Gómez Prescencia. Preguntan quién, digo mi nombre, y me abre una mujer chelista totalmente desnuda. Y sé que es chelista porque aprovecha el instrumento para taparse. Me dice que pase y cierre la puerta. Ernesto está ahogado, pero aún así conserva esa lucidez pasmosa que lo ha caracterizado todos los días de su vida. Le ordena a la chelista que toque algo, lo que sea. Ella me pregunta quién es mi compositor favorito: Bach, respondo sin titubear. Y toca un par de movimientos de la Suite número 5 para chelo solo precisamente del maestro de Leipzig. Cuando toca, me imagino que yo soy el chelo en medio de las piernas de esa mujer. La miro insistentemente pero ella ni se inmuta. “No la veas tanto”, me dice Ernesto. “No —le digo—, para nada.” Esta Suite se la escuché en vivo a Pierre Fournier, hace muchos años que vino a México, y hay menos diferencia de lo que cualquiera podría imaginar. “¿No te molesta que ande desnuda? Es que me siento mucho mejor así”, me pregunta la dama. “No, ¿cuándo se ha visto que la música necesite ropa?”, respondo, y mis palabras le gustan. Abro la botella de vino que llevo conmigo y escancio tres pocillos de peltre. Como debe ser.
eusebius1951@cablevision.net.mx
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