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Andanzas eusebianas
Columna semanal
Eusebio Ruvalcaba

Mi mujer y yo compramos un piano para la casa. Es usado, vertical, alemán, marca Westermayer. Negro. Aún más viejo que yo. Habíamos esperado mucho. La sola vista del piano provoca un aluvión de recuerdos. Crecí entre pianos. Con mi madre pianista, el sonido del piano me era aún más familiar que el del violín. Todo el día escuchaba tocar el piano. Tres o cuatro ocasiones al año mi padre lo tocaba: Las mañanitas, en los cumpleaños de cada uno de los miembros de la familia. Yo estudiaba en un Ronisch, también negro y vertical. Llegué a tocar algunas sonatinas y cosas por el estilo, nada del otro mundo. Lo único que me fastidiaba del piano era la práctica de las escalas. Y no había modo de eludirlo. Como mi madre era mi maestra, apenas me sentaba al piano las escalas sobrevenían. Una tras otra. Solfear en cambio me atraía casi tanto como tocar piezas para niños de Bach, cuyas notas se reproducían en mis sueños. Llevaba un libro que se intitulaba Solfeo de los solfeos, y que consistía en páginas y páginas de notas sin creatividad, meros ejercicios para templar los valores musicales. Aritmética pura.

Tocan el timbre y es el piano. Los señores lo acomodan donde les digo y se retiran. Me quedo a solas con el instrumento. Descorcho una botella en su honor. A contraluz, el vino tinto emite iridiscencias crepusculares. Me acerco al teclado y pongo las manos en las teclas de marfil. Por unos instantes no dejo de lamentarme haber abandonado su estudio; culpo a mis padres por no haberme obligado. Pero finalmente admito que si de verdad hubiera tenido vocación, habría sido músico a pesar de todo. Contra todos, quiero decir. Desde lo más oscuro de mi memoria escucho la voz de mi madre que me prohíbe divertirme con el instrumento. No podía tocar notas sin sentido ni coherencia, por el solo placer de escuchar su sonido. Ni sentarme si no era para estudiar, con la imaginación atada de manos. Extraigo de su estuche el violín de mi padre y cuidadosamente lo coloco en la tapa del piano. Bebo a la salud de mis padres. Se agolpan en mi cabeza frases de las sonatas de Brahms para violín y piano, de Beethoven, de Mozart, de Franck, y de Grieg, y de Pierné y de Fauré. Me atrevo y pulso un la. Esa sola nota es capaz de volver a la armonía aun el alma más obtusa. Las orquestas afinan cuando el oboe les da el la. El la es la simiente de la estructura, el cimiento a partir del cual se levanta la catedral. Agarro el violín de mi padre y acaricio su finísima madera. Hago sonar el la. No me atrevo a nada más. La música es una sola. Los instrumentos todos apuntan hacia una estrella en el universo: la nota la. Cuando mis hijos llegan de la escuela se fascinan del piano. Corren hasta él y se pelean por tocar. Primero uno y luego el otro, les digo, salvo si deciden tocar a cuatro manos, que me parece perfecto. No hay reglas. El piano es de ustedes y pueden tocarlo a la hora que gusten, fuerte, quedito, como  quieran. Jueguen con él, como si fuera su mascota. Estudien, y también toquen notas por la sola dicha de tocarlas. Notas aisladas, sueltas, sin orden ni concierto. No le tengan miedo al piano, como le tuve yo.

Escucho por horas el Adagio para cuarteto de cuerdas del gringo Samuel Barber. Sin duda, es el mejor cuarteto escrito por un compositor estadounidense. Ese Adagio es el summum de la tragedia de una buena parte de la música contemporánea. Ignoro qué sentimientos habrán abrumado a Barber cuando lo compuso, pero desde la primera hasta la última nota lo que uno escucha es una honda tristeza, un lamento que parece provenir desde las oquedades más profundas. El llanto que corre en forma velada y que rasga por dentro, aquel que a simple vista no se ve. El que más arde.

Echo a andar el auto y me encamino a Cuernavaca. Por la libre. Voy solo. Como siempre, empiezo a sentir la adrenalina de la carretera. Me siento tan libre cuando acelero, acelero y acelero. El coche va tomando la forma del viento. El coche y yo somos uno solo. Es increíble cómo de un simple artefacto como lo es el volante depende mi vida. Cada vez que estoy a punto de rebasar un tráiler y viene un vehículo por el sentido opuesto —de preferencia un camión—, una sensación desquiciante recorre mi columna vertebral. Es la cara de la muerte. Rebaso con los segundos exactos. Por supuesto no uso cinturón de seguridad.

eusebius1951@cablevision.net.mx