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| Andanzas eusebianas |
| Columna semanal |
| Eusebio Ruvalcaba |
 Leo El violín negro, novela de Maxence Fermine (edit. Anagrama). Pintaba para obra maestra. La novela versa sobre un violinista de excepcional talento, soldado de Napoleón, que finalmente abandona el instrumento cuando está a punto de perder la vida en una batalla; de hecho, una voz femenina, semejante a la de un ángel, lo vuelve en sí. Cuando los franceses toman Venecia, el soldado violinista se aposenta en una casa donde vive un laudero ya anciano, a quien todo mundo juzga loco. Este luthier se ha propuesto construir un violín que tenga el timbre de la mujer que él amó y que jamás pudo hacer suya. Cuando muere, le obsequia el instrumento al violinista. Luego de años, el violinista se decide y lo toca —que no es otro, obviamente, que aquel violín negro—, y lo que escucha es la voz de aquella mujer/ ángel que le salvó la vida. Cae en cama de la impresión que acaba de recibir, y muere. Fin de la historia. Me detengo en la fotografía del autor: es un nerd, a su lado, una bola de estambre resulta más interesante. Ni hablar que, con esa cara, no podía llegar muy lejos. Lo mejor de la novela fue que aprendí una palabra: colofonia, que el traductor utiliza como sinónimo de brea o resina, que es la pez que se le pone al arco para que se “agarre” de las cuerdas.
Hoy evoco a un amigo, Arturo Román Domínguez. Cuentista. Era mi hermano. Lo asesinaron el 15 de diciembre de 1977 en un taxi de Córdoba, Ver. Nos conocimos en la preparatoria 4 y nos dio por ligarnos mujeres en la calle y compartirlas en la cama. Había un hotel en la calle de Benjamín Hill —me parece que se llamaba Quinta Rubí— donde nos hacían descuento. Una noche llegó a casa a altas horas. Le habían tasajeado el pecho. La camisa ensangrentada, el saco hecho jirones. Siempre viviendo al límite.
Escucho en el auto un cuarteto que me quita el habla. Al punto de que, cuando llego a mi destino, decido esperar hasta que se termine para enterarme de qué estoy escuchando y quién lo compuso —no importa que llegue tarde a la cita que tengo; por diez o quince minutos, el mundo no se va a detener—; cómo, por Dios, se llamará este hombre. Qué obra maestra. Es tan audaz y festiva, que de pronto parece hecha por niños; pero a la vez rezuma tal dolor, tal concentración en el desconsuelo, que entonces habla de un artista verdadero. Escucho decir al locutor unas palabras inciertas: Kevin Lomas, Kevin Ronas, o algo así, pero añade dos pistas importantes: la nacionalidad del compositor es africana, y el que interpreta es el cuarteto Kronos, y una trivial: el cuarteto se intitula El hombre blanco duerme. Por la noche paso a Tower Records del Pabellón Altavista y le pregunto a una chica que tiene bolitas de colores en el pelo. Dice no tener la menor idea, que nunca en su vida ha oído hablar de ese compositor. Le insisto que me lleve hasta donde están los discos del cuarteto Kronos, y accede de mal humor. Revisa en un instante más de una docena de cedés y con una seguridad que ya la quisiera Bush afirma que no hay nada. “Pero, ¿tan rápido revisó?”, le pregunto. “Yo trabajo aquí, y sé lo que hay”, responde ya francamente sacada de quicio. “Déjeme ver a mí”, la atajo y, sin querer queriendo, la hago a un lado y veo disco por disco. Voy en el tercero cuando doy con él. Ahí está: Kevin Volans. Casi se lo restrego en la cara. “No creo que haya muchos compositores africanos, y menos que se llamen Kevin, y menos todavía que los interprete el cuarteto Kronos”. Me mira como diciendo pobre estúpido, y se da la media vuelta. Llego a casa, les hago oración a mis hijos y me dispongo a escuchar el cuarteto. Por supuesto abro una botella de vino. Cuando me dispongo a escuchar una obra maestra, inequívocamente lo celebro. Coral ya está dormida. Descuelgo el teléfono, apago la luz y dejo que la música colme la habitación. Escucho el dolor del negro, el sufrimiento que ha significado que la civilización occidental haya hecho añicos sus principios y convicciones. Cada acorde, cada timbre, cada voz, cada compás, me dicen más de la injusticia que pesa sobre los negros que un millón de palabras, leídas o dichas. Pero también está la fiesta. Las danzas que no miro pero escucho. La algarabía que representan el sol y la naturaleza en su estado virgen.
eusebius1951@cablevision.net.mx
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