You need the Flash Player version 9.0.0.0 or higher and a JavaScript enabled browser to view this site
Bob Dylan y sus Chronicles: un desastre maravilloso
Columna La letra con sangre
Sandro Cohen
http://www.unasletras.com/v2/../data/223.cd.JPG
Hay ciertas figuras que marcan la conciencia de una época, muchas veces en contra de la voluntad expresa de esas figuras. Bob Dylan es una de ellas. Nació en 1941 —el mismo año que la cantante Joan Baez, tan importante para él en los primeros años de su carrera—, cuando la Segunda Guerra Mundial cimbraba al mundo. Aunque vio la luz en Duluth, Minnesota —una ciudad muy pequeña—, se crió en un pueblo minero muchísimo más pequeño, Hibbing, del mismo estado. Y su condición de provinciano, por suerte, le abrió la puerta a su veta más rica: el folclor musical de su país.

Dylan, desde su niñez hasta la fecha, ha sido introvertido, y a pesar de que desde su primer disco ha sido una celebridad, y bastante visible —ha aparecido en películas como él mismo o como personaje, por ejemplo—, muy poco había dicho acerca de sí mismo más allá de lo que puede inferirse de la letra de sus canciones, hasta que en 2004 apareció Chronicles, Volume One (Simon & Schuster), su autobiografía. Saber que por fin Bob Dylan se abriría en primera persona para decir sus verdades provocó gran expectación en Estados Unidos y todo el mundo de habla inglesa donde la influencia de Dylan ha sido incalculable. Pero poco después, el libro fue saldado y lo encontré con el 30 por ciento de descuento en una mesa de Strand’s en Nueva York. Especular acerca del porqué es fascinante.

El libro, como autobiografía —incluso como memorias, un subgénero menos rígido—, sólo puede calificarse como un desastre, pero es —indudablemente— un desastre maravilloso. Le hizo falta un buen editor… En el libro, Dylan va y viene en el tiempo y muy pocas veces dice de qué año está hablando. Uno tiene que ser un verdadero detective para descubrirlo: para aterrizar los acontecimientos, sentimientos e ideas que menciona, es preciso buscar fechas de discos, efemérides y sucesos que hacía mucho tiempo habían caído en el olvido… Como resultado, el lector difícilmente puede hacerse de una idea de cómo Dylan fue madurando como ser humano, pensador y músico, y por qué.


Hay momentos en que, de plano, el libro puede sacar de quicio al lector. En dos ocasiones, por ejemplo, menciona a su esposa (“my wife”) sin jamás decir su nombre. Tampoco dice cuándo la conoció, cómo, en qué año se casó… Nada. Y para complicar la situación aun más, Dylan se casó dos veces. Tras una ardua investigación, me di cuenta de que en las dos instancias mencionadas, el autor habla de dos mujeres diferentes. También menciona a sus hijos, pero no sabemos de qué madre ni de qué edad. Uno quisiera leer una narrativa, si no lineal, por lo menos coherente en el desarrollo de los hechos y las ideas. No la vamos a encontrar en Chronicles…, que en su estructura se parece mucho a las canciones mismas de Dylan: ora surreales, ora caprichosas, ora poéticas, ora terrenales, ora sublimes…

Incluso así, este libro vale oro por las incursiones que el autor hace en su propia psicología, aunque estén desvinculadas del tiempo y el espacio, aunque uno deba adivinar o investigar a raíz de qué tuvo sus muchas revelaciones, inspiraciones, ocurrencias y berrinches. Hay momentos de verdadera autenticidad cuando —cosa rara en el libro— habla de su padre. Parecería que Dylan se prohíbe escribir sobre sus seres queridos, como si no fueran importantes en su vida como creador, o como si quisiera protegerlos a toda costa, pero el libro sufre por ello. Y también porque se niega a entrar en los vericuetos de su búsqueda espiritual, que ha sido variada, extraña y al mismo tiempo acorde con sus tiempos, que siempre están cambiando, como él mismo cantó en uno de sus primeros mega himnos, “The Times They Are A-Changin’”.

Estas páginas brillan, sin embargo, cuando Dylan se da el lujo de revelar —aunque sea descoyuntadamente— las razones detrás de sus muchos desplantes, los hechos que dispararían las canciones, las imágenes que posteriormente se traducirían en versos y en música, los relatos de las sesiones de grabación, sobre todo en Nueva Orleáns con Daniel Lanois. Resulta que Dylan es un pensador sensible y sumamente inteligente, reacio a que lo cataloguen. Por eso ha probado prácticamente todos los caminos musicales a su disposición. Desafortunadamente, no son tantos como él hubiera querido, ya que no es el instrumentista que pudo ser si se hubiera dedicado más a desarrollarse teórica y técnicamente. Nunca le interesó. Pero siempre tuvo el tino de reunir músicos de primer nivel para acompañarlo.

La pasión de Dylan, y este libro lo comprueba, es la humanidad en la música, o la música por cuanto es humana. De ahí que en él hayan sobrevivido, intactas, las raíces del folclor que lo lanzaron al estrellato que le causó tantos problemas, y satisfacciones. A pesar de sus incursiones en el rock y hasta el pop, Dylan sigue siendo el heredero del movimiento folclórico de Estados Unidos, Inglaterra e Irlanda, en la medida en que la música folclórica de Estados Unidos es descendiente de los otros dos países.

Y al mismo tiempo, nadie como él cambió la idea de qué podía ser música popular: no necesariamente bonita o pulida, sino introspectiva, profunda, incomprensiblemente caprichosa en ocasiones. La liberó por la simple y sencilla razón de que siguió su propia idea, su propia visión, y la imprimió indeleblemente en una larga cadena de canciones que tocaron nervios en extremo sensibles cuando Occidente pasaba por algunos de sus momentos más críticos: la guerra de Vietnam, la Guerra Fría, la lucha por los derechos civiles y humanos de los negros en Estados Unidos —que tendría repercusiones en todo el mundo—, y una violencia inusitada en la forma de una serie de magnicidios que acabaron con cierta inocencia, con la noción de que siempre ganan los buenos y de que el mundo es un lugar donde impera la justicia.

Por esto la gente —el pueblo, digamos— eligió a Dylan como su profeta, su líder espiritual, pero él se negó, se retiró de la vida pública y se ocultó en un manto de incoherencias puntuadas con genialidad. Su primer disco apareció cuando tenía 21 años. A los 64 años, decenas de discos después, Dylan sigue componiendo y grabando. Sus últimos dos CD —Time Out of Mind and Love and Theft se hallan entre lo mejor que ha hecho y lo confirman como lo que, en el fondo, es: un narrador brillante cuando quiere serlo, y —también, cuando se le pega la gana— frustrantemente enigmático. Chronicles, Volume One (quién sabe si algún día habrá un “Volume Two”), junto con los discos, la magnífica cinta biográfica de Martin Scorsese (No Direction Home) y las muchas biografías que sobre él se han escrito, nos da una versión más completa de este creador fundamental del siglo XX, aunque en sí, es sólo un fragmento del rompecabezas.