 Martes 27 de septiembre. Aterrizo en La Habana con Joan, mi esposo, a las 10:15 de la noche. Él viaja con pasaporte diplomático y es recibido en Migración con un trato delirante. Le exigieron visa, algo incomprensible, pues los diplomáticos beliceños en Cuba no la requieren. Joan está parado frente a la ventanilla cargando una maleta, el portafolios al hombro y un paquete más en la otra mano. Dejar las cosas en el piso implicaría, asumo, bajar la guardia, y así, además, puede ser más comprensible para la interlocutora que al recién llegado le esperan 7 días de trabajo. -¿A sí? En ese caso debe tener un permiso especial…
En fin, quizá por la hora, a ella no le cae el veinte. Joan, por lo tanto, se sulfura, y consiguientemente a la mujer bonitilla –como la calificó- también se le calienta la sangre, calor evidente ante las cámaras de seguridad, pues enseguida intervino una asesora de la compañera (¿subordinada?), y en un tris tras le conceden al Embajador Cultural, el paso hacia el otro lado de la puerta, que es en sí la gran prueba de fuego: la aduana, donde suelen quedarse incluso con DVD´s o estufas portátiles, por ejemplo, sin importar que seas extranjera y tengas residencia en el país como estudiante.
La conducta de Joan, mezcla de nerviosismo y autoridad, ponen en alerta a dos jóvenes del Ministerio del Interior uniformados de verde militar a la expectativa de casos como éste, impredecibles.
Están frente a mí y me mantengo impávida tras la línea que delimita mi paso de pasajera libre y soberana del último vuelo de la noche, supongo, de otra forma no hubiera sido todo tan desolado.
Igualmente cargada y ansiosa, enfrento mi propia hazaña. Una señora uniformada -ésta de color azul marino- se acerca a preguntarme si soy cubana; su expresión denota la consabida mala leche que las cubanas sacan de lo más profundo de sí cuando aducen ciertos privilegios en su interlocutora insumisa, en este caso, yo, de pelo rizado, piel morena y sangre costeña, pero de Guerrero.
Sangre negra a fin de cuentas que en mis hermanos y sobrinos se manifiesta en la bemba y el pelo afro. Pero no, no soy cubana, y siento aquí tener que negarlo.
Y ahora soy yo la que cruza hacia la revisión de documentos. Dos agentes de migración: una morena y una rubia somnolienta mal encarada llenan a cuatro manos mi formato de ingreso en una misma computadora: ambas dan fe de que mi cara es la misma que aparece en el pasaporte y se aseguran -casi- hasta de que lleve los mismos aretes de cuando me tomé la foto, hace más de cuatro años.
Mi actual look y el de entonces no tienen nada qué ver, y por lo tanto prefiero –antes de que me lo pidan- mirar de frente, sin parpadear.
-¿En qué hotel se va a hospedar?
-Riviera. Habitación 1813, para no desperdiciar el mar.
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