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El Señor de los Membrillos
Eugenia Montalván Colón
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Tiquimilpa es un pueblito de Nombre de Dios, Durango al que se llega por un camino de terracería bordeado por nopales, y desde el que se divisan tierras de sembradío, cerros y sabinos inmensos enmarcando el cauce de un río. Ahora en diciembre todo el paisaje está seco; es tiempo de pizcar maíz, cosechar el chile guajillo y arar la tierra.


Para doña Concha es tiempo de estar en casa esperando a los clientes; llegan incluso desde Estados Unidos atraídos por su famoso vino de membrillo; no saben que este año doña Concha les ofrecerá, además, un exquisito vino de granada artesanal y con propiedades curativas.

Al llegar hasta aquí,  su hijo Jorge “El Señor de los Membrillos” es el que da la bienvenida, luego sale doña Concha amigable y sonriente pidiéndole a Carmen, su hija, que arrime las sillas al solecito. Ella prefiere acomodarse en el pretil contemplando el camino. Alrededor hay una calma indescriptible, sólo alterada por el canto de un pájaro, una troca o los pasos del vaquero arriando a una lechera con su becerrito chupándole la ubre. Da la impresión de que los adobes impiden que se cuele el ruido de las casas o que aquí no ha llegado la televisión.

Doña Concha ofrece primero la novedad: vino de granada del que puso a fermentar en agosto, recién cosechada la fruta. Se trata de una bebida sutilmente dulce, finísima, hecha con jugo puro exprimido con un paño.

El proceso para obtener esta exótica bebida suena sencillo: Corta uno la granada (el árbol crece hasta entre las piedras), la trae, la pela y le quita el ombligo; la parte por la mitad y la desgrana; luego se exprime sobre un colador cuidando que no se despedace la semilla. Se le pone tantito azúcar y tantito alcohol para que se conserve…  

Tanteándole, doña Concha anda en los 45 años; diez menos que José, su esposo. Tienen 6 hijos; dos en “el otro lado” y cuatro viviendo con ellos. A don José le ofrecieron este ranchito cuando todavía vivía con su mujer en Santa Clara, Zacatecas y decidieron comprarlo por sus abundantes fuentes de agua.

El segundo vaso que ofrece doña Concha es de vino de membrillo, igual, hecho a base del jugo puro de esta fruta veraniega carnosa y ligeramente ácida. Su producción devino de un antojo: “Una vez yo tenía muchas ganas de vino de membrillo, compré y no me gustó nadita”. Era enero de l997; recién regresaba de Estados Unidos con toda la familia después de tres años de residencia ilegal. Se fue de mojada -¡con sus cuatro hijos!- para encontrarse con el esposo.  Lo de menos era que la contrataran, -sus hijos mayores le advirtieron que por la edad a lo mejor no tenía suerte- así que iba dispuesta a hacer tortillas de harina, quesos, conservas… o lo que fuera, pero tuvo suerte, consiguió trabajo en Santa Clara, California, en un restaurante de comida árabe.

-Es más, dice, allá me han de estar esperando; me dieron tres meses de vacaciones, pero ahí donde ve, yo creo que no se han cumplido… y ríe con el vigor que le da a su sangre este extraño invierno cálido.

Las mismas proporciones de azúcar y alcohol llevan el vino de granada y el de membrillo: 3 kilos de azúcar y 3 litros de alcohol del 96 por galón de 20 litros. Hasta aquí todo bajo control, el tema por resolver es la comercialización, un sueño, pues hoy por hoy se concreta a reciclar botellas de refresco acorde a la demanda de quien toque a la puerta de su casa. ¡Vaya ganga! El precio es de $30 pesos por litro, en cambio a la orilla de la carretera en La Villa, cabecera de Nombre de Dios, está a $50 y realmente no se compara.

Doña Concha sabe que si contara con botellas de vidrio y etiquetas diseñadas a su gusto el vino se desplazaría mejor y se vendería más caro, pero “sólo Dios sabe quién lo compraría”. Pese a todo, los vinos de doña Concha son famosos en Durango y el de membrillo ya hasta cayó en manos de revendedores.

Posterior al vino de membrillo degustamos el de higo, reserva especial de la casa. Éste,  un tanto amargo y de tonalidad oscura está aún en fase de prueba. Precavida, doña Concha sólo produjo dos litros y los comparte expectante entre amigos y buenos catadores. La higuera seca que está a la vista desde la puerta de la casa no sabe aún qué le depara.

Como gran final de este encuentro, “El Señor de los Membrillos” nos conduce a su huerto con el placer de que palpemos el ruido de las hojas secas paso a paso. Ni él ni su madre se dejan retratar aquí, en cambio no dejan de extasiarnos con la imagen jubilosa de la vendimia en su mirada transparente y clara.