 Llego a New Orleans con Joan Duran sin saber exactamente la dirección del Hotel Lafayette, donde tenemos reservación, pero aun así el taxi accede a llevarnos. Es el 6 de enero y no hay ni rastro de celebraciones navideñas -o de fin de año-, salvo un arbolito dejado a propósito en la basura. Al estar en el Warehouse District, el taxista llama desde su celular para indagar hacia dónde exactamente debe conducir; en cuanto puede da vuelta en U y en 5 minutos estaciona en el portal de nuestro destino.
Son casi las 5 de la tarde. Tenemos hambre, pero el restaurante del hotel está cerrado a consecuencia de Katrina, y en el bar hay un bulldog llamado "Sorry about that" cuidando las botellas que quedan… "Sorry" está aquí porque en casa lloraría inconsolable. Ni las mascotas se resisten a la soledad y el abandono post huracán, así que la gerente no se opone a que el recepcionista se haga acompañar por su perro en el trabajo. Todo mundo tiene que ceder. Igual que, por ejemplo, la directora de la colección del Ogden Museum despachando los souvenirs de la tienda sin importarle que sea domingo y bajar temporalmente de rango.
Los nueva orleanenses dicen que su ciudad está habitada en un 40%, exactamente no se sabe; parece imposible dar con estadísticas concretas al respecto, pero hoy las autoridades y compañías aseguradoras siguen recibiendo notificación de pérdidas.
En la calle y donde quiera es común escuchar conversaciones sobre los desastres, y tanto documentales como foros de discusión y exhibiciones alusivas al huracán forman parte de la agenda diaria de la ciudad.
La otra cara de la moneda es el escarnio: artículos de todo tipo que aluden a Katrina como el ente -femenino- que vino a dar la gran mamada… Esta clase de objetos se venden en la Bourbon Street y sus linderos, entre juguetes eróticos, yardas de cerveza y collares de colores, al paso de los turistas seducidos con espectáculos de cabaret en detrimento del jazz.
Acompaño a Joan Duran en este viaje porque inaugura una exposición en la Heriard-Cimino Gallery y porque ansiaba caminar de nuevo estas calles, aunque no me las esperaba tan invernales y frías, ni Joan, y por eso, después de saludar a Bob Heriard en la galería, fuimos directamente al River Walk, un mall exclusivo para el turismo de cara al Río Mississippi. ¡Vaya escenario! Sólo había tres tiendas abiertas: una de tennis Puma, una de comida mexicana –con un letrero de “se requiere ayuda a $8 la hora”- y una zapatería Nine West…
Oscurecía cuando salimos hacia Canal Street. Camino al hotel pasamos por el Restaurante Liborio. El dueño se apiadó de nosotros; en realidad no era la hora de abrir cuando nos invitó a pasar con la alharaca del cubano conversador. El mojito llegó al instante con la hierbabuena bien machacada y el azúcar en su punto. ¿Menú? No hizo falta; había puerco y pollo; eso pedimos.
A media comida llegó una pareja -el clásico matrimonio de años- con la compra para el día siguiente; lo mínimo para que no decaiga el menú y, aparte, un gran ramo de flores naturales que la mujer dispuso en el jarrón de la entrada sin quitarse el abrigo… Vinieron las guayabas con queso y ya, ni hablar. Tomamos Camp hacia el norte en medio de la noche semidesierta…
Al día siguiente, indispensable tomar un café antes de ir a la Heriard-Cimino; Joan firmaría sus cuadros: 7 de gran formato para entonces ya colgados en las impecables paredes blancas de la galería. Bob le ayudó a mover cada uno (la firma va en el revés) y a reinstalarlos en su lugar… El resto de galeristas de la Julia Street estaban, igualmente, dando los últimos toques a sus exposiciones.
Salió el sol, pero el clima no mejoró, así que una vez más intentamos comprar algo para abrigarnos y, finalmente, fuimos al French Quarter, semidesierto, aunque duela reconocerlo. ¿El aparador más atractivo de todos? Una joyería, y eso porque un gato gordo y esponjado paseaba entre perlas auténticas.
Por duro que parezca, en New Orleans el tiempo se paralizó, cuando menos para el comercio en esta famosa zona. El escaparate más caro exhibe prendas del verano pasado y en las boutiques abundan los remates y el clásico letrero de Now Hiring.
El proceso de recuperación está en marcha, se dice. New Orleans resurgirá sector por sector, tal como vimos en el Art District con su Art Alive 2006. Aquí, como en Bourbon Street, la fiesta se extendió a la calle, al menos una noche, y con copa de vino en mano para recorrer una a una las galerías y museos; gente alegre recreando una imagen de postal pretendiendo hacerla perenne.
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