 Hasta hace poco, que una ciudad poseyera un nuevo edificio de más de 10 pisos era signo de que estaba progresando. Hoy, cuando eso sucede, hay gente que hace una mueca para, a continuación, dar sus justificaciones de por qué un pequeño rascacielos constituye un atentado a un indeterminado número de valores. Pero ese resentimiento, a menudo, también se extiende a viejos y altos edificios que atentan contra el “contexto”. Y me refiero a los edificios que aquí en Mérida alcanzaron a ser construidos en pleno “centro histórico”, para desdicha de los historicistas. Muchas veces he oído a esa gente decir que tal o cual edificio representa una competencia desleal a “las alturas históricas”, que desvaloriza el paramento y que constituye un manchón en el ambiente urbano. Más de una vez he querido responderles que si no les gusta, entonces que se vayan a vivir al campo, que allá reciten poemas románticos y se olviden de que la ciudad existe.
Así mismo, habría que contarles, o explicarles, que la altura de las ciudades es uno de sus más importantes símbolos, una de las vías donde se expresa su poder y sus alcances. Esa altura, proporcionada por ciertos edificios, modifica y enriquece su perfil. Por ello no es gratuito que los pequeños rascacielos meridanos sean todos hoteles, construidos entre los años 60 y 80 del siglo pasado. Ello demuestra que esta ciudad vive y depende del turismo y que de esa sola actividad, como en otras épocas el henequén, ha sacado fuerzas para alzar edificios tales.
Por tanto, la altura de las ciudades no debería convertirse en el monopolio de una alta instancia moral, preocupada por la pureza estilística y meramente formal de los centros o zonas históricas. La máximas alturas de un ciudad son el mejor ejemplo de cómo la historia cambia, y con ello sus símbolos. De ahí que durante casi 400 años, el edificio más alto de la ciudad haya sido la catedral, expresando así una ciudad que tenía en alta estima el poder religioso.
Sin embargo, por otro lado, los edificios de negocios, ubicados todos sobre la Prolongación del Paseo Montejo, aunque tienen entre 8 y 10 pisos, por desgracia no se encuentran trabajando al cien por ciento. Ello indica que falta mucho por convertir a Mérida en una verdadera ciudad de servicios (que no equivale a decir turismo). El hecho es que aunque un hotel rascacielos en cierto modo está aportando cosas a la economía, no se compara con el poder económico que podría traer un edificio de oficinas de negocios completamente ocupado y operando a toda capacidad.
Ojalá y pronto esos edificios, construidos en los 90 del sigo pasado, se conviertan en centros de negocios, que es para lo que se planearon. Mientras, seguiremos aplaudiendo el monopolio del turismo sobre las alturas meridanas y veremos con malos ojos a quienes lo ataquen. Imagínense si no hubiese esos pequeños rascacielos, sería tan triste como si Mérida no hubiese tenido nunca iglesias con torres, un convento de monjas con una torre mirador (ir a la calle 64 con 63), o mil veletas de acero (como antes de los años 50) compitiendo con la altura de las palmeras.
Mérida, México, enero de 2006 Próximo artículo: Mercados y malls
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