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El paraíso postergado
Eugenia Montalván Colón
http://www.unasletras.com/v2/../data/299.hol.JPG

Si me preguntaran si soy capaz de postergar un año mi luna de miel con tal de pasarla en Holbox, quizá respondería que no, pero yo vivo en Mérida y Holbox me queda a un paso. En cambio, una pareja de italianos, por ejemplo, se toma esta disyuntiva con filosofía y aplaza el viaje de bodas el tiempo necesario con tal de gozar su enloquecido amor en esta pequeña isla del Caribe, arriesgándose incluso a venir sin reservación de hotel.

Llegan a Chiquilá, el puerto de desembarque en Quintana Roo, con sus mochilas a la espalda y la guía turística en la mano. Casi no hablan español, pero se hacen entender en inglés, y abordan una lancha con unos cuantos pasajeros más dispuestos, como ellos, a pagar 50 pesos por cruzar en 20 minutos al paraíso.

Holbox queda 17 kilómetros mar adentro. Su arena es tan blanca y fina que al instante dan ganas de pisarla con las plantas de los pies y seguir descalzos…  Por lo mismo, ni siquiera se antoja abordar taxi –golfcart o triciclo, las dos variantes posibles– para andar en la isla, salvo que verdaderamente queramos recorrerla de punta a punta, una aventura nada imposible sobre todo si se combina con unas refrescantes zambullidas en el mar.

El mar… ¡por lo único que venimos hasta aquí, incluyendo la pizza de langosta! Aparte de los muy intrépidos nadadores que vienen a hacer realidad su sueño de dar brazadas en la profundidad de las aguas verdemar bajo la panza del tiburón-ballena, el pez más grande del que se tiene registro -llega a medir hasta 20 metros de largo en su edad madura-, tan sugestivamente dócil que capaz de alimentar al pueblo durante una larga temporada año con año: incluidas las fotografías que se dejan tomar.

El mar del atracadero no es, para nada, el que nos espera del otro lado de la isla… en la inmensa playa, y que ejerce una fuerte atracción desde el momento del desembarque para descifrar su color: intenso verde aguamarina a las 2 de la tarde y azul sereno al anochecer… Aunque a las 5, igual, tiene otro color, y su intensidad depende de lo profundo que te metas en él por tu propio pie, pues para nadar hay que alejarse mínimo unos 20 metros de la orilla, 20 metros de transparente agua tibia. Una distancia abismal, si se quiere ver así, que te lleva a un placentero soliloquio, aun cuando se dice que todos los hoteles están a tope.

Desde esta perspectiva se miran perfectamente enfiladitas las palapas/habitaciones de hotel construidas con techo de guano o zacate, más o menos todas a la misma altura, salvo el hotel Paraíso del mar, que despunta por sus torres de tres pisos.

Las mujeres en topless bronceándose en los camastros… los perros de mar producto de cruzas inexplicables, familias enteras paseando en los golfcarts y la famosa cascarita de los pescadores complementan la postal de la isla desde la orilla del mar. El pueblo es otra cosa, sobre todo ahora que está en proceso de transformación su parque principal, demolido a mazo limpio por jóvenes huesudos en camiseta  predispuestos a descansar y conversar entre golpe y golpe.

En los alrededores están las tiendas de artesanías, los restaurantes gourmet dirigidos por extranjeros y el Billar Lupita, aparte del café Internet y la capilla de la Virgen de Fátima. A sus puertas, en el pretil, a falta de las bancas del parque se hacen ahora las tertulias nocturnas.

En este ambiente convive medio mundo, literalmente… lo imprescindible es desear estar en paz y olvidarse, en lo posible, del reloj y si hubo que ahorrar un año para estar aquí o si fue tan fácil como tomar la carretera y, sorteando baches, adentrarse en la isla a sabiendas de que cualquiera se entera de tu presencia, pues desde la bienvenida te das cuenta que aquí la vida transcurre en la calle y en la puerta de la casa, de preferencia alrededor de una mesa con cervezas para, entre todos, mantener actualizado una especie correo de voz con lo que le sucede a cada habitante, al punto de llevar registro de cada bostezo, incluso los de quienes fugazmente pasamos por aquí.