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Elogio del lector medio
Descubridor de talentos para sí mismo
María Elena Llana
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Las ferias del libro,  las semanas dedicadas a la cultura de tal o cual país,  los festivales de cine, teatro, ballet u oralidad, por citar algunas de sus posibilidades, extienden el interés erudito en la materia a algo imponderable e inesperado como el gran público.

Lectores medios, espectadores de domingo, simples interesados en tal o cual modalidad cultural acuden a compartir espacios con los especialistas y a conocer a esas celebridades que nunca nos conocen a nosotros. Son encuentros masivos, a sala llena, donde las bondades del producto nos vienen recomendadas por entendidos  en la materia a quienes podemos admirar tanto como a los verdaderos protagonistas de la puesta en escena.

Después, pasado el esplendor del momento, tal vez nunca volvamos a acordarnos de aquel señor un tanto patriarcal que nos habló de su novela (tampoco recordamos el título) o del novel pintor invitado a acompañar la muestra de los jóvenes miguelángeles de su país.  Ellos, en cambio, no nos olvidarán al regresar a sus lares. Nos tendrán presente siempre que les cuenten a un amigo la cantidad de gente que había en la muestra o cómo hubo que traer sillas adicionales en la presentación del libro. Y, mejor aún, los muchos ejemplares que firmaron.

De todas formas, estos encuentros dejan sembrado un lógico interés en el público, especialmente en lo que a libros se refiere. Pero, curiosamente, de los libros, los que más huella causan –hablamos del lector medio--  son las antologías, esos edificios de apartamentos donde pueden alojarse y convivir  vecinos grandes, medianos y chicos.

Porque las antologías –noveletas, cuentos, poesía— no pueden limitarse a las celebridades sino que alternan con los que aún no lo son y tal vez nunca lo serán. Pero eso sí, favorecen el voto personal y secreto del lector. Le permiten un ejercicio de la democracia inigualable, sin cédula y sin urna, que comienza silencioso y puede adquirir caracteres de proclama, cuando el lector encuentra “uno bueno” y lo recomienda a  sus  amistades.

Curiosamente, la principal virtud de ese hallazgo es su naturaleza misma. Es decir, ser un hallazgo, un descubrimiento personal del lector, por encima de ese escritor que tiene tanta fama y escribe tan raro, de aquella que nunca se sabe qué es exactamente lo que dice aunque la elogien tanto. Porque el lector promedio suele ser un espécimen irreductible, que sin saberlo exige que le hablen al oído, que hagan vibrar sus cuerdas, las que él no sabe pulsar pero existen.

Y justo esta reflexión surge por el encuentro casual con  una señora, de amable y bien llevada tercera edad, que buscaba en una librería “algo” de Tanith Lee. La vendedora, que escuchaba a hurtadillas  un programa musical, dijo ¿eh?. Ella que, precavida, traía escrito el nombre, le mostró el papelito. Nueva negativa igual de muda. Inclaudicable, la lectora promedio, le explicó que se trataba de  una escritora norteamericana. Y agregó que había leído un cuento de vampiros escrito por ella, en una antología de Stephen King. Esta vez la vendedora la  miró  cómo fichándola de abuelita de batman. Ella sonrió resignada, como si ya le hubiera ocurrido antes.  Y se marchó. La joven volvió a su música y yo me di a la tarea de buscar el libro, de conocer a Tanith Lee, hasta dar con “Nunc Dimitis”,  que más que un cuento de vampiros es un hermoso cuento de amor en el cual se aquilata el alma humana con tanto tino como lo haría el escritor sicologista más capaz.

Experiencia similar, la de un amigo que leyó en una antología de novelas chinas, (fragmentos, por supuesto), un pasaje que le hizo recordar su primer amorío  en la canicular languidez caribeña. Es decir, se identificó con un personaje manchú, de túnica y coleta.  ¡Cuánto le gustaría leer la novela completa! ¿Cómo se llama el autor? ¡Ah, cómo quieres que recuerde un nombre en chino!

El  problema es que los descubrimientos en antologías pueden parecerse a esos curiosos amores que nos salen al paso en los lugares más inesperados: tomando un café, esperando un taxi, consultando un programa de teatro. Se entrecruza una mirada, se murmura algo, se sonríe. Los dos sabemos que puede ser, pero los dos vamos acompañados y dejamos nonata nuestra pequeña historia.  

Sin embargo, el lector de antologías, el descubridor de talentos para si mismo, el autócrata del criterio que no oye voces ajenas, el que no necesita escuchar clarines para interesarse en un tema o en un autor, no renuncia así, tan cobardemente, porque en esta búsqueda anda solo, tratando de percibir lejanos rumores, atrapándolos como doradas mariposas tan pronto los tiene a la vista.

Aunque no vuelva a leerlos, ya esos autores trascendieron, borraron distancias, sobrevivieron a las traducciones. Gracias a él, a su talento de lector medio.