 Entre las ciudades cuyo nombre es capaz de desatar la imaginación, Florencia califica con letras doradas. Unidos a su esplendor están los Medici, que de usureros y comerciantes, se hicieron príncipes de la tierra y el cielo, sumos dadores de la sensualidad de los tiempos. Tanto complacieron a su ciudad que cuando ésta se entusiasmó con la prédica de un fraile profético llamado Savonarola, el más grande de los Médici, Lorenzo el Magnífico, no vaciló en llamarlo a usar sus púlpitos. Aunque la medida fue un éxito porque las iglesias vibraban, pronto surgieron diferencias entre huésped y anfitrión.
Actualmente ambos comparten honores en la céntrica plaza de La Signoria. Lorenzo a caballo, con palomas posadas ad libitum. Savonarola en una inscripción sobre los adoquines, pisada por los turistas, que circunvala el lugar donde lo situaron para que los florentinos, que tanto lloraban con sus sermones, lo vieran arder.
En torno a ambos, apretada en sus calles y callejuelas, la grandeza de los maestros: estatuas remedando la vida, inmensas cúpulas que sirvieron de tesis de grado a los arquitectos de la época, torres con visos de minaretes. Y dentro, en los recintos de galerías, palacios y catedrales, las pinturas y esculturas que reafirman que el hombre es capaz de crear a Dios en un trozo de piedra o un pedazo de lienzo.
Y valga decir que si realmente Simonetta Vespucci fue la modelo de Botticelli para el Nacimiento de Venus, debemos doble agradecimiento a la familia. Por el cuadro en sí y porque, si no fuera por su pariente Américo, nuestro continente, por si sus males fueran pocos, pudiera llamarse Cristobalina y tendríamos que cargar con un gentilicio casi impronunciable.
Ahora bien, todo ese tesoro depositado y acrecentado con los siglos, es de mírame y no me toques. Por mucho que alguien quiera guardar un recuerdo de Florencia, no podrá cargar con un Miguel Angel, un Cellini o un Bronzino.
Y sin embargo, sí puede echar en la maleta una reproducción –de cinco centímetros o un metro, como quiera-- de un florentino famoso. Y le parecerá mentira hacerse acompañar de un amigo de la infancia: Pinocho.
Sí, el muñeco que tuvo que ganar su humanización con duras pruebas y cuya nariz era el termómetro de su conducta. El que todos conocemos por algo tan poco común como una joven tradición oral. Porque Pinocho, aunque obra literaria, ha devenido pieza de la memoria colectiva, del acervo popular.
Tal vez porque nuestro muñeco surge de una ciudad mágica y su autor también es un hombre tocado por el encanto de su origen: Carlo Lorenzini, quien vivió en el XIX, pero digno vástago del Renacimiento, adoptó como seudónimo el nombre de la ciudad de Collodi, cuna materna. Y así firma “Las aventuras de Pinocho”, recogidas en libro en 1883, después de publicarse por entregas en un semanario infantil florentino.
Tampoco Carlo Collodi fue ajeno al amor patrio. Junto a Garibaldi echó las bases de la Italia unificada, una nación moderna sobre el capricho de las viejas y ya anacrónicas ciudades estados.
Y si sus éxitos como soldado se volcaron en su tierra, los lauros del escritor lo proyectan al mundo, en su pequeño héroe de madera, un campeón del amor filial, capaz de lograr, por la virtud del sacrificio, la trasmutación de su propia materia.
Pinocho: una creación tan valiosa y tierna como el mármol entre los dedos del más iluminado renacentista.
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