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La condición de barrio
Columna quincenal La ciudad libre
Marco Aurelio Díaz Güemez
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Al inicio del presente otoño yucateco, Marco Tulio Peraza Guzmán, catedrático de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Autónoma de Yucatán, presentó en el auditorio de dicha escuela su libro más reciente, Espacios de identidad. En términos generales, la presentación fue un éxito y contó con la participación de ponentes de la talla de Louise Noelle, de la UNAM, y Luis Ramírez, de la UADY. Así mismo, podría contarles que el festejo concluyó en casa de Marco Tulio, donde cenamos una paella que elaboró su señora madre, pero no es mi intención platicarles del festejo, sino hablar del contenido del libro

El libro es fruto del doctorado de Marco Tulio, el cual realizó en la UNAM. Formó parte entonces de un vasto proyecto comandado por el arquitecto e historiógrafo Carlos Chanfón Olmos, que versaba sobre el urbanismo y la arquitectura “virreinal” (un término inexacto para Yucatán). El proyecto de Marco Tulio iba más allá; la propuesta era simple: entender la historia de las ciudades de la Península de Yucatán, para hallar y comprender parte de su éxito en el pasado como ciudades en sí.

Sin llegar a contrastarlo con el funcionamiento actual de esas mismas ciudades, reafirmó la idea que ya en anteriores libros había matizado: los barrios facilitaron el buen funcionamiento urbano e incluso forjaron la identidad de la ciudad completa. Por un pensamiento como ese, es obvio que el punto de vista de Marco Tulio ha sido criticado, muy soterradamente, casi a escondidas, pero criticado al fin y al cabo.

La acusación más fuerte que se le hace es que un planteamiento “romántico”, que olvida las condiciones históricas en que nacieron dichos barrios, puesto que tenían un componente racista muy fuerte, y también se le ha dicho que los barrios reafirmaban la “excesiva centralización” que vivieron las ciudades yucatecas en otros tiempos. Pues bien, lo más lógico que habría que decir sobre estos señalamientos es que sus emisores no han leído aún la obra de Marco Tulio.

Y no la han leído porque es justamente la historia que, valga la redundancia, justifica su planteamiento: las ciudades de la península de Yucatán crecieron desde la Colonia bajo un sistema central que potenciaba la aparición de barrios; esos barrios, sí, eran en un principio habitados por una determinada raza, mayas o mexicanos (como el de San Cristóbal en Mérida), pero su estructura permitió que el crecimiento futuro se fraguara a su alrededor, de manera organizada.

Ello permitió que, en la primera mitad del siglo XIX, se viviera el auge y el cenit del desarrollo de los barrios, tras casi cuatrocientos años de historia. La idea de barrio permitió un crecimiento ordenado y le dio a su propia población servicios y hasta entretenimiento a través de sus plazas centrales. Estamos pues frente a un sistema que funcionó bien por cuatro siglos (independientemente del tema de la segregación social y racial, pues sólo analizamos su eficacia urbana).

¿Y hoy qué sucede? Las llamadas colonias y fraccionamientos, salvo excepciones, no tienen condición de barrio, es decir, no están próximas a la autosuficiencia sino a la dependencia. Es más, si retomamos el tema de la segregación, estos esquemas urbanos son aún peores, pues condenan a muchas clases a estar alejadas de los servicios y a otras a tenerlos en demasía. Si existe el concepto de “ciudad dual” (una sociedad dividida), hoy esto es más real que nunca, al punto que la ciudad colonial resulta ser un verdadero estandarte de “tolerancia”.

La condición de barrio debería ser un modelo para replantear el urbanismo en las ciudades de la región. Exigir aun que una parte de la ciudad se dedique a la industria, con sus respectivos cinturones de miseria y que otra tenga los mejores parques es un impulso higienista que ya se vio que no fue lo más prudente. Que en un mismo barrio, colonia o fraccionamiento esté una fábrica, un parque, una tienda y hasta un cine, es una idea plural y heterogénea que ha funcionado con más suerte. Y ese es el verdadero planteamiento de la mayor parte de los libros de Marco Tulio.

En este sentido, la historia tiene sentido, pues ya no se trata de hablar de inútiles “rescates de fachadas”, ni de infames “circuitos de barrios”, ni de absurdas “reconstrucciones”. Hablamos de una historia que no se atiene a lo material de la ciudad sino a lo abstracto, a lo realmente histórico. Y por eso, cuando Marco Tulio habla de los barrios, no se refiere a las parroquias llenas de indios ni a caballeros españoles cruzando la plaza en busca de su tributo, sino a la noción urbana. El barrio ha funcionado, y con ello la ciudad. En cambio hoy, las ciudades se han descentrado y su buen funcionamiento depende cada vez más de las intervenciones del gobierno, en lugar de los particulares o la sociedad.

Mérida, México, noviembre de 2005
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