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| Mercados y malls |
| De la Colonia al siglo XXI |
| Marco Aurelio Díaz Güemez |
 En los países tropicales, como en el que vivimos, la dicotomía mercado-mall es un asunto moral que excita a las más variadas mentes y plumas. “Defender a los mercados” casi se ha convertido en signo de bien pensante, comprometido y hasta luchador social. En cambio, se ha pretendido que la defensa de los malls sea un asunto de empresarios voraces, gobiernos corruptos y ciudadanos inconscientes. Pues bien, el objetivo de un mercado, al igual que un mall, es vender y dar ganancias a sus comerciantes, ni más ni menos. Es decir, los mercados no dan identidad ni exaltan los valores y las costumbres de un pueblo, ya que nunca fueron hechos para eso; fueron hechos para llevar a cabo transacciones comerciales. Pero para entender porqué hoy los mercados son mercados y no malls, habría que rascarle un poco a la historia.Antes del siglo XVIII, las plazas centrales de las ciudades americanas eran utilizadas en días de fiesta y domingo como sede del tianguis, para que los indios truequearan entre sí o realizaran tímidas ventas a los españoles. Sin embargo, hacia los 1750, se extendieron por todas las Indias las nuevas reglas de civilidad urbana decretadas por los reyes borbónicos de España.Entre las nuevas disposiciones figuraba la orden de agrupar a los tiangueros y a la nueva y pujante clase de los comerciantes en una misma zona. Así, en Mérida, aparecieron los portales o arcadas, de los cuales podemos ver dos sobrevivientes en la calle 56 x 65 y en la 54 x 65. De esta manera, bajo los arcos, la actividad comercial conoció nuevos bríos. Pero hasta ahí, técnicamente no era un mercado.El mercado como idea es un engendro del higiénico y modernista siglo XIX, promotor del comercio a diario, sin día de descanso. Por eso en Mérida, a inicios de los 1880, el gobierno construyó un enorme edificio de madera y techo de dos aguas para dar albergue a los comerciantes sin local propio, con el objetivo de sanear la vía pública y ofrecer a los compradores un sitio limpio, ordenado, seguro y a resguardo para hacer sus compras en paz.Ese mercado se llamó Lucas de Gálvez, y fue sustituido en 1945 por un edificio de concreto, en estilo funcionalista, que hasta la fecha es posible apreciar. Por eso, el mercado es una derivación de las ideas que promovieron el libre comercio en el siglo XIX. En lo absoluto es una costumbre pagana o venida de tiempos prehispánicos. Tan sólo fue una respuesta gubernamental para proteger la actividad comercial y potenciarla.En cambio, el mall no es una idea tan moderna como se ha pretendido establecer. También tiene sus raíces en el siglo XIX, con las galerías acristaladas inglesas, construidas en callejones y que aprovechaban los flujos peatonales. La idea, generosa y eficaz, fue llevada a otros países, como Italia, donde la -aún en funciones- Galería Vitorio Emmanuel es uno de los ejemplos más acabados del modelo.Precisamente, aquí en Mérida, el Pasaje de la Revolución, inaugurado en 1918, fue concebido como una galería comercial de techo acristalado para que los peatones circularan bajo él y consumieran cigarros y refrescos en los estanquillos, jugaran billar o compraran algún ultramarino. Para su desgracia, el experimento nunca fue abonado ya que representaba a Salvador Alvarado y ningún gobernador que lo sucedió quiso conservarlo.Finalmente, en Estados Unidos, la aparición de la tienda departamental a fines del siglo XIX (como Sears), la invención del aire acondicionado en los años 1920, la masificación del automóvil y la vida en suburbio después de 1945, fueron el coctel idóneo que llevó a la aparición del mall como figura sublime del comercio. A principios de los 1960, ya existían varios en todo los Estados Unidos.Pero a diferencia del mercado, siempre promovido por gobiernos, el mall es una iniciativa particular. Generalmente es una asociación de inversionistas que ponen un capital en riesgo, hacen el edificio y luego dan en venta o renta los locales que resulten; a cambio ofrecen un espacio agradable (arquitectura chabacana, hay que decirlo), confortable y más seguro que la propia calle.Entonces, el mercado es mercado porque es un edificio que el gobierno ha construido para dar lugar a los comerciantes “ambulantes” o que no tenían puesto fijo, y pagar cuotas de renta a veces risibles, lo cual permite que ofrezcan precios baratos, pero también permite el florecimiento de actividades ilegales como la piratería comercial.Por eso, yo celebro la existencia del mall porque cuestiona el sentido y la función de los mercados (pero no creo que los desaparezcan), y por eso mismo considero que fue un error construir ese adefesio llamado Mercado San Benito, ya que no solucionó un problema social como pretendía, ni lo va a hacer, pues el ambulantaje es tan solo un problema comercial que requiere una solución comercial. Eso es algo que el siglo XIX sí entendió bien.
Marco Aurelio Díaz Güemez Mérida, México, febrero de 2006
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