You need the Flash Player version 9.0.0.0 or higher and a JavaScript enabled browser to view this site
Ver a Plácido en Chichén requería sacrificio
"Ritual" con lluvia, orquesta y mariachi
Luis Castrillón
Mérida, 9 de octubre de 2008. Kukulcán sintió sus voces al pie de los cimientos de su castillo, Chaac los recibió con su lluvia divina, y fueron sólo las voces del tenor Plácido Domingo y la soprano Ana María Martínez, junto a la improvisación de Armando Manzanero y el desempeño de la Orquesta Sinfónica de Yucatán, lo que salvó una noche que más que concierto, revelaba el desconcierto de lo “memorable e irrepetible”.

Con esos dos calificativos se le anunciaba aquel 17 de junio en Mérida, cuando ni siquiera el Instituto Nacional de Antropología e Historia había otorgado la autorización para realizarlo: el Concierto de las Mil Columnas, que buscaba catapultar turísticamente a Yucatán y atraer ganancias que pudieran beneficiar a las depauperadas comunidades mayas que rodean la zona arqueología, en el municipio de Tinum.

Desde ese entonces parecía anunciarse lo que devendría como resultado de la insistencia del director del Patronato Cultur, perteneciente al gobierno de Yucatán, Jorge Esma Bazán por realizar el concierto en Chichén Itzá pese a los señalamientos de arqueólogos como el ex director del INAH en Yucatán, Alfredo Barrera Rubio, que advertían el daño que este tipo de actos puede provocar a las edificaciones de la antigua ciudad maya.

Respaldados por estudios de los daños que causó hace 10 años la presentación del tenor Luciano Pavaroti al terraplén de la zona arqueológica -calculado y construido por los arquitectos mayas hace más de mil 500 años-, así como a las coberturas de estuco y a las estructuras mismas, investigadores de la institución estuvieron siempre en contra.

A final de cuentas el acuerdo político entre la gobernadora yucateca Ivonne Ortega Pacheco y la secretaría de educación federal, Josefina Vázquez Mota, pasaron por encima de los dictámenes del Consejo del INAH y dieron línea directa al Consejo para la Cultura y las Artes a favor de la aprobación del concierto, para el 4 de octubre pasado.

La justificación lo era todo: el Concierto de las Mil Columnas pondría claro que Chichén Itzá no está en Quintana Roo, sino en Yucatán; reactivaría el por más de ocho años inoperante aeropuerto de Kaua –comunidad aledaña a la zona arqueológica– y generaría recursos, el día del concierto y a mediano plazo, para los mayas que viven en Pisté, la comisaría donde se encuentra la antigua ciudad.

Y es que a la fecha son ellos, los mayas actuales, los herederos de esa cultura quienes menos beneficios obtienen. Pisté, la comunidad donde se asienta la antigua ciudad, es una de las poblaciones más pobres del estado y recibe prácticamente nada como resultado del turismo que llega a la zona arqueológica.

Hoy día, entre seis y siete de cada 10 turistas que la visitan, provienen de la Riviera Maya, donde Chichén se vende mejor que en cualquier paquete turístico armado en Yucatán. Todos ellos vienen en autobuses con alimentos, horario marcado y pocos hacen algún gasto en la comunidad.

Así las cosas y pese a todo, el 4 de octubre pasado, el Concierto de las Mil Columnas se hizo realidad frente a unas siete mil personas, de entre las cuales alrededor de mil 500 con boleto pagado y unas 500 más con invitación a cuenta del Gobierno del estado, disfrutarían posteriormente compartir una cena con el tenor.

La tarde de ese sábado el Estado Mayor Presidencial se apoderó de Pisté, Felipe Calderón Hinojosa no llegaría, canceló apenas unas horas antes, pero su esposa Margarita Zavala si lo haría, acompañada de Josefina Vázquez Mota. Además había que salvaguardar la seguridad del tenor, frente a todos los hechos de los últimos meses, no se debía escatimar esfuerzo.

La presencia del Ejército y la Policía Federal Preventiva hacía lento el acceso al parador, que además, como en cada equinoccio, sigue demostrando que ya no basta para recibir a los visitantes. También generó algunas incomodidades e imposibilitó a cualquier visitante que se le hubiese ocurrido bajar de su coche o autobús a comprar alguna artesanía o consumir algo en un restaurante local. Pisté los vio pasar con más pena que gloria.

A las 18:00 horas Chaac, el dios maya de la lluvia hizo de las suyas: frenó el último ensayo, empapó a más de un integrante de la Sinfónica de Yucatán y a sus instrumentos, deslavó peinados y maquillajes, oscureció trajes, matando el glamour que cientos de asistentes ostentaban para ver al tenor español, o para que los vieran viéndolo.
“Es para que recuerden lo que es pisar barro”, decía un fotógrafo señalando la ostentación.

La calma llegaría después junto con la caída de los mitos: “dicen que vienen los Príncipes de Asturias… que vienen Brad Pitt y Angelina Jolie; no solo él, ella no… que viene Jack Nicholson… que llega Spielberg… que vieron a uno u otro paseando un día antes por el lugar. Ninguno estuvo presente, el “corralito” puesto para la prensa gráfica a modo de valla de alfombra roja ni siquiera se usó. (Al día siguiente, algunos asistentes a la cena de gala con el tenor lo confirmaron: no hubo grandes famosos).

En punto de las 20:50 dio inicio el concierto, minutos después debió interrumpirse y el tenor asumiendo el cargo ofreció disculpas al auditorio. Los problemas técnicos impedían continuar. Algunos creyeron que el bajo volumen que prevaleció durante el concierto era por eso. No, fue lo único que sacó el INAH en el convenio de autorización para evitar más daños a las edificaciones mayas.

No obstante que el objetivo era promover Chichén Itzá con el acto, los periodistas de radio, medios escritos, televisión y gráficos accedieron casi media hora después de iniciado. Llevados hasta una zona frente a un escenario con más de dos metros de altura vieron imposibilitado su trabajo y no tuvieron otra, echarse hacia atrás y quedar frente a los espectadores de la primera fila. El alboroto no se hizo esperar, quisieron sacarlos. Luego nomás se dispersaron para hacer su trabajo como los dioses mayas les dieran a entender. Se exigió a los periodistas gráficos no usar flash; se prohibió al público llevar cámaras. Fue lo que sobró y todos con flash, entorpeciendo la labor de los profesionales.
El público, snob y con cara de conocedor en su mayoría, sonriente de vivir el momento, tuvo que soportar el comportamiento de algunos que sin importar si la pausa era entre un movimiento y otro de la Sinfónica de Yucatán, o una entre una aria y otra, una zarzuela o una canción, se levantaba de su silla, andaba en los pasillos y saludaba sin menoscabo de tapar a alguien o no dejarle escuchar bien.

El resto se comportaba, guardaba silencio la mayoría de las veces y sólo se “prendió” en tres claras ocasiones. La primera cuando Manzanero, presentado de sobra por una Edith González de actitud  cursi y con acento estadounidense hablando en buen español, tomó el escenario. El “señor Amor” hizo un dueto con Plácido Domingo que incluyó la improvisación, ¿o era planeado? de “Adoro” con algunas estrofas en maya.

La segunda emoción correspondió a la interpretación de Granada, con el espíritu de Agustín Lara paseándose por  Chichén Itzá. Luego vendría, casi al final, el tenor en traje de charro. Acompañado de mariachis y el público cantaría “Ella” y sonreiría como disculpándose con José Alfredo Jiménez cuando resbaló al cantar “…estaba escrito que aquella noche perdiera `miii´…suuu amor”.

La medianoche trajo el final, los invitados por el privilegio de ser funcionarios públicos, figuras del medio periodístico, entre otros, así como quienes pagaron sus mil dólares se fueron a cenar. El resto salió como pudo en un trayecto de apenas unos 500 metros recorridos en casi 40 minutos, en medio del tumulto y la falta de espacios del parador turístico. Eso no era nada, luego habrían de esperar, en su mayoría, hasta dos horas para salir de Chichén Itzá.

Las luces al pie del Castillo de Kukulcán se apagaron, las de las viviendas de los artesanos y comerciantes de Pisté lo habían hecho horas antes, desilusionados de la oportunidad que nunca llegó. El concierto “memorable e irrepetible” había cumplido al menos con algo: disfrutar la voz del tenor Plácido Domingo, la soprano Ana María Martínez, de Armando Manzanero, acompañados por la Sinfónica de Yucatán bajo la batuta de Eugen Kohn… Al final, todo buen ritual, y más en tierra maya, requería un sacrificio.